CAPÍTULO 4En la sala donde se oficiaba la misa por Guillermo Canals no cabía ni un alfiler, por lo que decidimos encaminarnos hacia la puerta de salida. El lugar también estaba abarrotado. En este caso, de multitud de reporteros gráficos impacientes que debían de esperar captar instantáneas de la familia con algún cargo político importante o con algún famoso. Esperamos pacientemente.
Al cabo de pocos minutos se abrió la puerta y por ella apareció, en primer lugar, Heidi Canals con un discreto vestido n***o y el pelo recogido en un comedido moño. Inmediatamente detrás, asomó la figura de una mujer rubia, alta y delgada, protegida por unas grandes gafas de sol, que se parecía mucho a la hija de Canals, aunque era mayor que ella. Supuse que sería Unna von Reiniger. A su lado, apareció un hombre algo más joven, que se ayudaba de un bastón para caminar. Era alto y mostraba un porte de singular distinción. Vestía un sobrio traje oscuro. Debía de ser alguien de la familia o muy cercano a ella, puesto que se alineó con las dos mujeres para recibir el pésame de los asistentes. Los tres se quedaron en la puerta, esperando el lento desfilar de las decenas de personas que habían acudido al entierro, mientras los fotógrafos apostados a nuestro lado disparaban a discreción sus cámaras.
Una de las primeras personas que apareció fue una llorosa Victoria del Río, apoyada en el brazo de un joven que me pareció haber visto en el club de golf el día de la muerte de Canals. Supuse que sería algún empleado del club. Detrás pude reconocer al alcalde de Barcelona, que saludó cortésmente a la viuda y a la hija de Canals. Poco después me pareció advertir la presencia de dos consellers de la Generalitat de Catalunya que iban junto al presidente de un importante bufete de abogados de la ciudad. Entre la multitud de gente anónima que iba saliendo al exterior también observé muchas caras conocidas, de esas que aparecían con frecuencia en televisión o en prensa.
—Jamás había visto tantos famosos por metro cuadrado como aquí —me dijo en voz baja Elvira.
Después de que hubieran desfilado todos los asistentes y los reporteros se hubieran marchado, nos quedamos solos Elvira y yo a pocos metros de donde estaban la mujer y la hija de Canals, junto al hombre desconocido. Un conserje del tanatorio les estaba haciendo unas indicaciones, cuando Heidi Canals reparó en nosotros. Dejó al hombre con la palabra en la boca y se encaminó hacia nosotros con paso rápido.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó, furiosa.
—No se moleste —contesté, apaciguador—. Nuestra presencia es parte de la investigación.
—¿Y no pueden empezar la investigación en otro momento?
—Cuanto antes empecemos, antes esclareceremos el caso, que imagino que es lo que ustedes desean, ¿verdad?
—De acuerdo, de acuerdo... —contestó Heidi Canals, más calmada.
—No queremos molestar. Ya nos vamos.
Heidi Canals debió de dar por buena la explicación, porque dio media vuelta y se fue en dirección hacia su madre, que aguardaba acompañada del hombre del bastón.
—Vaya carácter tiene esa mujer —observó Elvira—. Encima que estamos trabajando para aclarar quién mató a su padre…
—Ya ves, la gente es así de desagradecida. Venga, vamos, que aquí ya no tenemos nada que hacer.
—¿Has visto al hombre que estaba con la viuda y la hija?
—Sí, me he fijado.
—¿Sabes quién era?
—Ni idea, pero debe de ser alguien muy allegado a la familia. Ya lo averiguaremos. Hoy no es el momento.
Nos dirigimos al coche y, justo cuando estaba abriendo la puerta, apareció una mano que me sujetó suavemente el brazo. Era el hombre del bastón. Detrás de él estaba Unna von Reiniger.
—Disculpe. Soy Manfred von Reiniger, el cuñado de Guillermo Canals.
—Mucho gusto —contesté.
—Me ha dicho mi sobrina que llevan ustedes la investigación por la muerte de Guillermo.
—Así es.
—Quería pedirle a usted y a su compañera disculpas por el comportamiento de Heidi. Está muy nerviosa.
—No se lo tengan en cuenta —intervino la mujer de Canals—. Heidi es muy impulsiva, pero solo en la forma.
Me pregunté a qué venía esa consideración con nosotros. Ciertamente, la actitud de la hija de Canals no había sido un dechado de cortesía, pero tampoco eran necesarias tantas justificaciones.
—No se preocupen. Es normal en estos casos.
—¿Cómo van las investigaciones? —preguntó Manfred von Reiniger.
—No hay mucho que contar. Además, el juez ha decretado el secreto de sumario. No nos está permitido revelar ninguna información.
—Lo entiendo, lo entiendo. No quería ser indiscreto —se justificó Von Reiniger.
—No se preocupe —contesté.
—Si desean hablar conmigo en algún momento, estoy a su disposición —dijo Unna von Reiniger.
—Se lo agradezco.
—Vengan mañana a mi casa. Les espero a las nueve de la mañana.
—Allí estaremos.
Los hermanos Von Reiniger se despidieron cortésmente y se fueron en dirección al tanatorio. En ese instante sonó mi móvil. Era el subinspector Carreras.
—Mercado, ya tenemos el informe forense —dijo.