CAPÍTULO 3Elvira había hecho un buen trabajo con el informe de Canals. En media mañana había reunido una gran cantidad de información que me ayudaría a conocer mejor al fallecido. Había nacido en 1928 en Alòs de Balaguer. Huérfano de madre a los dos años, su padre emigró a Alemania a trabajar y jamás volvió. Canals quedó entonces bajo la batuta de su abuela materna hasta que se fue del pueblo con apenas dieciséis años en busca de fortuna. Ni su abuela ni nadie del lugar supieron más de él hasta que, cincuenta años más tarde, el hombre volvió al pueblo convertido en un potentado. Su abuela había fallecido muchos años atrás y no tenía más familia. El hombre, entonces, compró el castillo derruido que había en el pueblo y lo convirtió en una fantástica mansión para uso y disfrute propio. Respecto al período de tiempo transcurrido entre su marcha de Alòs de Balaguer y su vuelta había diversas teorías. Se sabía con certeza que a principios de la década de los setenta había tenido una intensa actividad como promotor inmobiliario en Mallorca y que a finales de los ochenta había recalado en Barcelona, lugar donde había comprado un palacete en la avenida del Tibidabo. En Barcelona había continuado su actividad promotora ligada al sector del ladrillo, pero también había invertido en otros sectores económicos. En el 2001 había creado la sociedad Canals Corporation, que aglutinaba todas sus actividades empresariales.
El punto oscuro de la historia era el período comprendido entre mediados de los cuarenta y principios de los setenta. No había rastro de dónde se había metido Canals en ese lapso de tiempo. Lo único que se sabía es que había partido de Alòs de Balaguer con dieciséis años, sin un duro en el bolsillo, y había aparecido en Mallorca casi treinta años más tarde ya rico, muy rico. Quizás la teoría más plausible era la que suponía que se había marchado a Brasil, donde habría amasado una fabulosa fortuna de la cual se desconocía su origen.
Guillermo Canals se había casado en 1972 con Unna von Reiniger, hija de un barón alemán venido a menos, y tenía dos hijos, Heidi y Christian. No se le conocía más familia.
Respecto al patrimonio que dejaba el viejo, se estimaba que debía de rondar los cuatro mil millones de euros, lo que lo situaba como uno de los ciudadanos españoles más ricos.
Mientras realizaban la autopsia a Guillermo Canals y la Policía Científica acababa de redactar su informe, decidí ir de nuevo al club de golf. Le dije a Elvira que me acompañara.
El club de golf de Canals estaba situado justo a la salida de Sant Cugat, en pleno parque natural de Collserola, un espacio protegido de más de ocho mil hectáreas, auténtico pulmón de todas las poblaciones desperdigadas a su alrededor, Barcelona incluida. Estaba rigurosamente prohibido construir allí. Me pregunté cómo se las habría ingeniado Canals para que le dejaran construir su campo de golf. Nada limpio, supuse.
Para llegar al local social del club hacía falta conducir durante un par de kilómetros por la carretera de la Arrabassada en dirección Barcelona y tomar el desvío que señalizaba el camino del club. Una revirada y estrecha carretera particular transportaba al conductor hasta lo alto de una loma, desde la cual se divisaban imponentes vistas de la comarca del Vallès.
El club estaba, ese día, cerrado en señal de duelo por la muerte de su propietario y apenas se hallaban en el aparcamiento media docena de utilitarios, que contrastaban con el auténtico arsenal de coches de lujo que había visto el día anterior. Preguntamos por Victoria del Río en la recepción del club.
—Está en el campo de prácticas. Al salir, giren a la izquierda y lo verán al fondo, a unos cien metros —nos orientó amablemente la joven recepcionista.
Cuando llegamos allí, la gerente estaba dando instrucciones a una media docena de operarios. Esperamos educadamente unos minutos hasta que la mujer terminó. Se dirigió a nosotros con cordialidad.
—¿Qué le trae por aquí, sargento?
—Le presento a la agente Sangenís, que colabora conmigo en la investigación. Nos gustaría hablar con usted tranquilamente.
—¿Soy sospechosa de algo?
—Todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario —contesté con amabilidad—. Y usted no es una excepción.
—No me tranquiliza en exceso, sargento.
—No se preocupe. Tan solo nos gustaría conocer más en detalle cómo era el señor Canals.
—Sin problema —respondió—. Si les parece, podemos hablar mientras doy un vistazo a los hoyos. Ayer, con la competición, quedarían todos bastante deteriorados y hará falta arreglarlos. Los búnkeres deben de estar hechos polvo.
—Con mucho gusto la acompañaremos —dije—. Quería empezar por preguntarle cómo conoció al señor Canals.
—Hace doce años que trabajo aquí. Aunque soy economista de formación, me diplomé en gestión de instalaciones deportivas mientras estuve viviendo en Estados Unidos. Mi exmarido, que trabajaba entonces en IBM, estuvo destinado allí por trabajo durante cuatro años. Como yo no tenía trabajo ni me apetecía quedarme en casa consumiéndome, pensé que era una buena opción aprovechar el tiempo estudiando algo. Al volver, sin saber muy bien qué rumbo profesional tomar, me salió, a través de un conocido de mi marido, la oportunidad de llevar la dirección adjunta del Real Club de Tenis Barcelona. Allí estuve un par de años hasta que don Guillermo me ofreció el puesto de gerente aquí. La verdad es que siempre le he estado muy agradecida por ello.
—¿Cómo era el señor Canals en el trabajo?
—Era un hombre que dejaba hacer. Únicamente me llamaba una vez al mes para que lo informara de la evolución de la gestión del club. Tenía sus rarezas, como todo el mundo. Lo que no entiendo es que alguien haya podido matarlo. Además, de la manera en que lo hizo. Todavía no me lo puedo creer, es horrible.
—Pues sí —contesté—. Alguien se ensañó con él.
—¿Es cierto que el señor Canals murió ahogado con una pelota de golf? —preguntó la gerente, con cara de angustia.
—No se sabe aún. Estamos a la espera de los resultados forenses.
—¿Qué nos puede contar de su familia? —preguntó Elvira, que había permanecido en silencio hasta entonces.
—A su mujer, la señora Unna, no la conocía mucho. Apenas venía por el club. Diría que cada uno hacía su vida. En cambio, Heidi era la niña de los ojos de su padre. Como ya vio ayer, es una mujer de carácter fuerte. Trabaja con su padre, pero no sé exactamente en qué. Vive en una masía, en el Montseny.
—¿Y el hijo? —pregunté.
—Christian es un pobre chico. Un poco alocado. Ahora mismo diría que no trabaja. Tiempo atrás creo que sí que había estado en alguna de las empresas de su padre, pero nunca se habían llevado especialmente bien. Con don Guillermo siempre ha tenido una relación muy distante. Creo que su padre jamás aceptó lo suyo.
—¿Lo suyo? —inquirí.
—Christian Canals es homosexual.
—¿Tiene idea de dónde podemos encontrarlo?
—Prueben en su casa. Vive en la casa paterna. Quizás también puedan encontrarlo por la zona del Gayxample de Barcelona. Tengo entendido que va mucho por allí.
Seguimos paseando con Victoria del Río por el camino que bordeaba los hoyos del campo de golf.
—Victoria —seguí—, cuéntenos un día cualquiera del señor Canals en el club.
—Don Guillermo era un hombre muy estricto en sus costumbres. Venía al club todos los días. Llegaba a las ocho, hacía media hora de ejercicio en su gimnasio privado y tres días a la semana se tomaba su sauna. Hacía años que los médicos le habían aconsejado tomar baños de vapor para combatir la artritis. Entre nueve y nueve y media se iba a desayunar y después, aunque no siempre, jugaba algunos hoyos. Era un hombre muy vital.
—Tendremos que hablar con todos los empleados del club —dije.
—Claro, no hay problema. ¿Cuándo quieren hacerlo?
—Pues si puede ser hoy, mejor que mañana.
—Muy bien. Pueden utilizar mi despacho si quieren.
Después de casi tres horas entrevistando al personal del club, apenas recogimos alguna información que pudiera ser de utilidad. Todos coincidían en la consternación que sentían por la muerte de Canals. Según habían dicho algunos, el hombre era un encanto de persona y pagaba buenos sueldos. Cuando terminamos, Victoria del Río nos preguntó cómo había ido.
—Pues la verdad es que no hemos obtenido nada que fuera interesante —contesté.
—No sé si saben que mañana entierran al señor —dijo la gerente.
—¿Dónde?
—En el tanatorio de Les Corts, en Barcelona. A las diez de la mañana.