CAPÍTULO 2El fallecimiento de Guillermo Canals supuso un acontecimiento informativo de primer orden. A primera hora de la tarde del mismo domingo, algunas páginas web de noticias ya daban el parte de su muerte, y por la noche las televisiones locales y autonómicas le dedicaron amplios espacios informativos. Al parecer, era un personaje muy querido y admirado en círculos sociales y políticos por sus generosas aportaciones a causas solidarias. Hablaban de él como un hombre hecho a sí mismo, que había sido capaz de crear un imperio de la nada. Incluso el mismo presidente de la Generalitat había tenido unas palabras de recuerdo para Canals en la inauguración de una escuela municipal de una población del Baix Llobregat.
Por lo que a mí concernía, no podía estar más de acuerdo con Roca: me había caído un buen marrón. Si el muerto hubiera sido cualquier desheredado, la noticia de su muerte apenas habría ocupado, en el mejor de los casos, una breve reseña en algún periódico local y hubiera podido trabajar con la tranquilidad necesaria, alejado de los focos de los medios. Pero Guillermo Canals era una celebridad y su muerte seguiría siendo noticia de primera fila durante muchas semanas, con lo que ya podía irme mentalizando de que tendría que trabajar con presión añadida. Para mí, lo único bueno del caso es que podría disponer de todos los medios que considerara necesarios para llevar a buen puerto la investigación.
Al día siguiente llegué al trabajo cuando aún no había amanecido. La Central, como coloquialmente se le llamaba al Complex Central Egara, albergaba los servicios centrales de la Policía de Catalunya. Cuando llegué a mi mesa de trabajo, el subinspector Carreras estaba encerrado en su despacho. Me llamó. Se le notaba nervioso.
—Buenos días, subinspector —saludé al entrar.
—Mercado, necesito que resuelvas el caso ya mismo. ¿Has oído?
—Pero ¿la investigación no deberían llevarla los de la Región Policial Metropolitana Norte? —pregunté.
—Debería, pero no será —contestó secamente—. Es un caso de máxima prioridad y alguien de arriba ha decidido que se encargara del asunto la División de Investigación Criminal.
—O sea, nosotros.
—Exactamente, Mercado.
Carlos Carreras era un tipo de complexión fuerte. Casi tan ancho como alto, su aspecto recordaba al de un forzudo leñador de los bosques del norte. Pasaba holgadamente de los cincuenta y había ingresado en el Cuerpo algún tiempo después de mí. Era un hombre taciturno. Siempre estaba de mal humor. Una de esas personas que parece que nunca terminan de sentirse a gusto en el mundo donde viven. Pero un día entendí el porqué: habíamos terminado un exhaustivo interrogatorio a un sospechoso de v****r y asesinar a una joven. El tipo era un convicto por violación que había salido de permiso de fin de semana, y no se le había ocurrido nada mejor que seguir a la joven hasta su casa. La había violado en el portal de la vivienda y después le había asestado un navajazo mortal en el corazón. Al salir de la sala de interrogatorios, observé que Carreras tenía lágrimas en los ojos.
—¿Le sucede algo, subinspector?
—Nada, Mercado. He recordado algo.
—Venga conmigo a tomar el aire, le sentará bien.
Me lo llevé a dar una vuelta por los alrededores de La Central. Anduvimos un rato en silencio hasta que Carreras se detuvo y, todavía con lágrimas en los ojos, me dijo:
—¿Sabes? Mi hija tenía la edad de esa muchacha cuando murió. —Me quedé de piedra. No llegaba a concebir algo más duro que la pérdida de un hijo. No supe qué responder—. Su madre y yo hacía unos meses que acabábamos de separarnos. Mi mujer tenía problemas muy serios con el alcohol y llegó un punto en que la convivencia se hizo insoportable. Una noche de un día como hoy, mi exmujer y mi hija fueron a cenar juntas. Al salir, llovía a cántaros y mi hija le dijo a su madre que esperaran a que amainara la tormenta para coger el coche, pero no le hizo caso. —Carreras paró un instante. Tragó saliva—. Apenas habían recorrido trescientos metros desde que salieron del restaurante —siguió—, cuando el coche en el que viajaban se estampó contra el muro de una casa. Ambas perecieron al instante. Mi exmujer triplicaba la tasa de alcoholemia permitida por ley. Ahora han pasado ya quince años, pero te aseguro que no hay noche ni día en que no me acuerde de mi hija. Ahora tendría veintinueve años. Quizás se hubiera casado y tuviera hijos. Le gustaban mucho los niños, ¿sabes?
—Lo lamento mucho, subinspector —atiné a decir.
—No te preocupes. Tengo claro que es algo con lo que he de cargar de por vida. Dicen que nunca se supera la muerte de un hijo, pero que te acostumbras a convivir con ello, aunque yo todavía no lo he conseguido.
—Ha de ser duro.
—Sí, lo es. Te agradezco el interés, Mercado.
Desde aquel día, miré a Carreras de otra manera. Seguía siendo el mismo de siempre, huraño y desagradable, pero para mí había pasado a ser un pobre hombre que viviría el resto de sus días con una insoportable carga a sus espaldas. Y eso era algo que merecía mi más profundo respeto.
—Otra cosa, Mercado —dijo Carreras, siguiendo con la conversación.
—Diga, jefe.
—Tienes una nueva compañera que sustituye al cabo Albertí. El hombre tardará un tiempo todavía en poder incorporarse al servicio.
Me acordé del pobre Albertí. La mala suerte quiso que lo atropellara un coche patrulla del Cuerpo cuando estaba paseando tranquilamente con su mujer y sus hijos un domingo por la mañana, en pleno barrio de la Barceloneta. Se había roto la cadera y un brazo, así que tardaría bastantes meses en poder volver a hacer vida normal.
—¿Una compañera? —pregunté—. Me puedo arreglar solo mientras Albertí no se recupere.
Hacía años que trabajaba con Quim Albertí. A pesar de que al principio las relaciones con él no habían resultado fáciles, con el tiempo habíamos aprendido a crear un espacio de convivencia común en el cual me sentía cómodo. Nunca me había resultado fácil cohabitar demasiadas horas con los compañeros del Cuerpo y pensar que tenía que volver a empezar de cero con alguien nuevo me generaba una pereza absoluta.
—La agente Sangenís se acaba de incorporar al Cuerpo y necesito que esté al lado de un veterano como tú —respondió Carreras.
—Ya, pero yo no necesito a nadie —insistí.
—Mercado, la decisión está tomada. Ven conmigo.
Seguí a Carreras fuera de su despacho, en dirección a una joven que estaba esperando disciplinadamente junto a mi mesa de trabajo. Era una muchacha de unos veintitantos años, pelirroja y delgada. Lucía unas discretas gafas de pasta que le daban un toque desenfadado a su rostro. El pelo, ensortijado, lo llevaba sujeto en una cola.
—Elvira Sangenís, te presento al sargento Eutiquio Mercado —dijo Carreras—. A partir de hoy, tu mentor en el Cuerpo. Espero, Mercado, que hagas de la agente Sangenís una gran profesional.
—¡Eutiquio Mercado! —exclamó la joven con los ojos muy abiertos—. ¿El sargento Eutiquio Mercado de la academia?
—Sí, agente —contestó rápidamente Carreras—, pero no te creas todo lo que dicen de él. Es mucho más normal de lo que parece.
—Sargento, en la academia estudiábamos sus casos. No me puedo creer que vaya a trabajar con usted. Es un honor que…
—Venga, venga —cortó Carreras en seco—. No le des más bombo al sargento, que al final se lo va a creer. Ahora, a trabajar. La agente Sangenís se sentará en la mesa contigua a la tuya.
—Sí, señor —contesté, sumiso.
Me senté en mi mesa de trabajo. La joven seguía mirándome como si no creyera lo que tenía delante. Por un momento me sentí el tipo más ridículo del planeta. Intenté pensar en positivo, que buena falta me hacía. No tenía suficiente con el marrón del caso Canals, que encima me tocaba ahora hacer de niñera de la joven agente. No estábamos empezando bien el día, pero era lo que había y por mucho que quisiera no iba a cambiar la situación. Así que, después de respirar hondamente, me dirigí, con el mejor de mis propósitos, a la joven:
—Te llamas Elvira, ¿verdad?
—Sí, señor. Elvira Sangenís.
—En primer lugar te agradecería que no me llamaras ni señor, ni sargento. Puedes llamarme Tiki o Mercado, lo que más te guste. A mí me da igual. También has de saber que, como decía antes el subinspector Carreras, la imagen que te han dado de mí en la academia no es la más acertada. No soy más que un simple sargento solterón que lleva un montón de años en el Cuerpo. Hace tiempo que cumplí los cuarenta y tengo la mala costumbre de afeitarme solo una vez por semana, algo que irrita sobremanera al jefe. En ocasiones puedo llegar a ser de lo más insoportable, pero espero que no me lo tengas demasiado en cuenta; en el fondo soy buena persona. Eso sí, tengo muchas manías y trabajar a mi lado no es fácil. Mis métodos, en ocasiones, no son los más ortodoxos, pero a mí me funcionan. ¿Entendido, agente?
—No hay problema, Tiki. Si te parece, yo también preferiría que me llamaras Elvira. Me sentiré más cómoda.
—Muy bien —contesté—. Ahora empieza por contarme qué hace una joven como tú metida a policía.
—Verás, tanto mi padre como mi tío son policías municipales en Malgrat de Mar. Mi abuelo paterno también lo fue. Y todo eso supongo que se pega. Antes de ingresar en el Cuerpo me diplomé en Enfermería, pero después de trabajar unos meses haciendo suplencias en un hospital de Mataró, me di cuenta de que aquello no iba conmigo, así que decidí presentarme a las oposiciones para poder llegar a ser mosso d’esquadra. Y aquí estoy, con muchas ganas de que llegara este día.
—Muy bien, Elvira. Creo que te has equivocado, pero eso es algo que ya irás descubriendo por ti misma. Ahora vamos a trabajar. No sé si te habrás enterado de que ayer se cargaron a Guillermo Canals, un adinerado empresario.
—Sí, lo vi en las noticias.
—Pues necesito que redactes un informe pormenorizado del difunto: lugar y fecha de nacimiento, vínculos familiares, amistades, historial empresarial… Todo. ¿Entendido?
—Perfectamente, Tiki.
Me fui a tomar un café y a fumar un par de cigarrillos mientras dejaba a la joven agente trabajando. Alguien había decidido acabar con la vida de un anciano. Quizás había sido por dinero o quizás por venganza. También era posible que hubiera sido por celos. Qué más daba. Un hombre había muerto asesinado y eso era algo que siempre me causaba pesar.