☠️ Contenido explícito: violencia, amenazas con arma, posesividad tóxica y secretos al descubierto 🔫
Las Pruebas del Infierno
Gabriel intentó quemar las sábanas manchadas de sangre dorada en el incinerador de la sacristía, pero el fuego no las consumía. Las llamas se torcían alrededor del tejido como si tuvieran miedo de tocarlo.
— Maldita sea —masculló, pateando el cesto.
Un ruido detrás de él lo hizo girar. Amadeo estaba en el umbral, sosteniendo algo que hizo que el corazón de Gabriel se detuviera:
Las lágrimas caían sobre las vendas manchadas de sangre dorada , cada gota salada intentando —y fallando— empañar el rastro divino de Luciel. Gabriel apretaba los puños , las manos temblando como hojas en una tormenta, mientras la llama de la vela danzaba frente a él, burlando su desesperación .
— ¿Por qué no se quema?…—susurró, voz quebrada.
La sangre de Luciel era pura, incorruptible , y cada destello dorado le recordaba todo :
- Las alas que lo envolvieron como una jaula de plumas y lujuria.
- Los dientes de Luciel en su piel , marcándolo con un oro que nunca se desvanecería.
- El momento en que dejó de luchar … y deseó más .
Y entonces, la puerta se abrió.
Amadeo congeló el aire al entrar, sus ojos yendo de las vendas intactas al rostro devastado de Gabriel.
— ¿Gabriel? —La voz de Amadeo fue un cuchillo en el silencio.
Pero Gabriel ya no estaba ahí. Sus pupilas se dilataron , perdidas en algún lugar entre el pecado y el arrepentimiento .
Las vendas ensangrentadas de Luciel.
—¿Quieres explicarme por qué encontré esto en tu habitación? —Amadeo agitó las tiras de tela, la voz temblando de rabia—. ¿Y por qué brillan?
Gabriel sintió cómo el mundo se inclinaba bajo sus pies cuando vio las vendas — manchadas de oro líquido, de Luciel — en las manos de Amadeo. Su pulso se aceleró , pero forzó una risa demasiado aguda , demasiado falsa , mientras sus dedos se enredaban en el borde de su túnica.
—¿A qué te refieres, Amadeo? —dijo, alejándose un paso , como si la distancia pudiera borrar la evidencia—. Eso es solo… oro derretido. Alguien debió dejarlo aquí como parte de uno de esos experimentos del ala este, ya sabes….
Pero la sangre dorada brillaba con una luz propia, innegable , y el silencio de Amadeo era más elocuente que cualquier acusación.
La Pistola entre los Santos
Gabriel alzó las manos en un gesto pacificador, pero Amadeo sacó una pistola del bolsillo de su sotana.
—¡No te acerques! —Amadeo apretó el gatillo, aunque no disparó—. Llevo semanas viéndote actuar como un poseso. ¿Qué te hizo ese monstruo?
—No es un monstruo —Gabriel contuvo el impulso de mirar hacia la cripta, donde Luciel se escondía—. Es un ángel, Amadeo. Un ángel herido.
Amadeo rió, un sonido roto y febril.
—¡Los ángeles no sangran oro ! ¡No seducen a sacerdotes en confesionarios! —Retrocedió hasta el altar, la pistola ahora apuntando al cuadro de la Virgen—. Te está corrompiendo.
Gabriel notó algo entonces: los ojos de Amadeo parpadeaban n***o, igual que la criatura de su pesadilla.
El Juego de las Mentiras
—Si es un demonio, ¿por qué me protegió anoche? —aventuró Gabriel, dando un paso al frente.
El cañón de la pistola se movió para apuntarle a la cabeza.
- Porque quiere tu alma. —Amadeo bajó la voz hasta convertirla en un susurro rasposo—. Yo... yo podría salvarte. Siempre lo supe. Siempre te quise.
Gabriel sintió náuseas. No era Amadeo quien hablaba. Era la cosa que se había infiltrado en él.
—Déjalo ir —una nueva voz resonó desde las sombras.
Luciel emergió de entre las estatuas de los santos, sus alas completamente negras ahora , extendidas como un desafío.
La Confesión a Punta de Balas
Amadeo gritó y disparó .
El sonido ensordecedor retumbó en la iglesia. Luciel se interpuso, pero la bala lo atravesó como si fuera aire, incrustándose en el cuadro de la Virgen.
— No puedes herirme con eso —Luciel sonrió, mostrando colmillos que no tenía antes—. Pero yo sí a ti.
Amadeo disparó otra vez. Esta vez, Gabriel saltó hacia adelante.
El dolor fue un relámpago blanco.
Sangre sobre el Altar
Gabriel cayó de rodillas, la bala alojada en su hombro . La sangre —roja normal, demasiado normal — empapó su sotana.
—¡Gabriel! —Luciel corrió hacia él, pero Amadeo disparó una tercera vez .
Esta bala sí afectó al ángel . Luciel gritó cuando el plomo le atravesó el ala izquierda, sangre dorada salpicando el altar .
— ¡Mira lo que hiciste! —rugió Luciel, agarrándose el pecho—. ¡Esa bala estaba bendita !
Amadeo sonrió, y por un segundo, su boca se partió hasta las orejas .
—El obispo me la dio. Por si acaso.
El ala de Luciel goteaba oro sobre el suelo, cada gota un destello sagrado que contrastaba con la sangre roja que brotaba del brazo de Gabriel. El aire olía a metal y pólvora bendita , a conflicto divino.
Amadeo se rió, una carcajada que cortó el silencio como un cuchillo , mientras pasaba la lengua lentamente por el cañón del arma humeante.
— Jajaja… ¿Quién diría que una simple bala bendita podría hacer sangrar a un ángel tan hermoso ? —Sus ojos, oscuros como el pecado , recorrieron el cuerpo de Luciel con hambre—. Qué lástima… Yo quería probarte de otra manera. Descubrir cómo se siente profanar a alguien como tú…
Gabriel apretó los puños hasta que le crujieron los nudillos , su rostro distorsionado por la rabia (¿hacia Amadeo… o hacia sí mismo?).
— Cállate —gruñó, pero su voz sonó quebrada , como si la herida en su brazo no fuera nada comparado con el dolor de ver a Luciel sangrar .
Luciel, por su parte, no apartó la mirada de Gabriel . Incluso herido, incluso con el ala rota, su expresión era de pura posesión .
— Mírame —murmuró, como si solo ellos dos existieran—. Esta sangre es por ti. ¿Vas a dejarlo ganar?
El Monstruo Real
Gabriel, a pesar del dolor, vio la verdad:
Amadeo estaba poseído.
Pero no por la criatura de la noche anterior.
Por algo peor.
— Rafael —Luciel escupió el nombre como un veneno—. ¿Cuánto tiempo llevas dentro de él?
Amadeo—no-Amadeo—se inclinó en una burla de reverencia.
—Desde que te desterraron , hermanito. —Su voz ahora era claramente femenina, gutural—. El obispo pensó que era un exorcismo. Yo sabía que era una invitación.
Luciel lanzó un grito que hizo estallar los vitrales .
La Elección del Sacerdote
Entre los fragmentos de vidrio lloviendo sobre ellos, Gabriel tomó una decisión.
Se levantó, ignorando la sangre , y agarró el cáliz de la comunión.
— ¡Luciel! —le arrojó el objeto sagrado.
El ángel lo atrapó al aire y, sin dudar, lo estrelló contra la cabeza de Amadeo .
El grito que salió del cuerpo de su amigo no era humano .
Lo que Quedó
Cuando el polvo se asentó, Amadeo yacía inconsciente en el suelo... pero respirando
Luciel tambaleó hacia Gabriel, su ala derecha colgando rota
—No es seguro quedarse —jadeó—. Ella volverá.
Gabriel miró a su amigo, luego al ángel sangrante.
—¿Quién es Rafael?
Luciel cerró los ojos.
— Mi hermanastra. La que me arrancó las alas la primera vez.