CapĂ­tulo 6: "El Pecado Original"

1457 Words
🩸 Contenido explícito: sexo violento, revelaciones traumáticas, sangre dorada y cicatrices que hablan 🗡️ Huida hacia la Cripta Maldita Gabriel arrastró a Luciel por los escalones de piedra que llevaban a la cripta olvidada bajo la iglesia. El ángel apenas podía mantenerse en pie, su ala derecha goteando sangre dorada sobre los peldaños. — Aquí... nadie nos encontrará —jadeó Gabriel, aunque el lugar apestaba a tierra podrida y algo más: a sacrificios antiguos . Las paredes estaban talladas con símbolos que hacían que los ojos le ardieran. ¿Cuántos siglos llevaba esta cámara oculta? Luciel se desplomó contra el altar n***o en el centro, haciendo rodar huesos polvorientos. — Aquí es donde lo hicieron —susurró, tocando una mancha oscura en la piedra que nunca se había limpiado—. Donde Rafael me rompió. El aire olía a tierra húmeda y siglos olvidados. Las paredes desgastadas de la cripta susurraban secretos en grietas, mientras telarañas brillaban como velos fantasmas bajo la tenue luz de las velas que Luciel sostenía. Gabriel pisó con cautela, el eco de sus pasos mezclándose con el crujir de muebles cubiertos por sábanas blancas , ahora amarillentas por el polvo y el tiempo. Pero fue el altar lo que detuvo su aliento. Una figura de una santa se alzaba en el centro, su rostro erosionado por los años, las manos extendidas como en un último intento de bendecir un lugar que ya no recordaba a Dios. Hierbas secas —romero, tal vez— yacían esparcidas a sus pies, junto a manchas oscuras de sangre antigua , tan vieja que se había fundido con la piedra. Luciel se acercó, arrastrando los dedos sobre la superficie del altar, dejando un rastro limpio en el polvo. — ¿Ves? —susurró, volviéndose hacia Gabriel con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Hasta los santos sangran aquí. Gabriel sintió un escalofrío . No por el frío… sino por la manera en que Luciel miraba la estatua, como si entendiera algo que él no podía. — ¿Qué pasó aquí? —preguntó, aunque no estaba seguro de querer la respuesta. Luciel solo rio, bajando la mano hasta donde la sangre se había secado. — Lo mismo que pasará contigo… si sigues preguntando. Y entonces, la luz de las velas se apagó . Cicatrices que Cuentan Historias Gabriel encendió una vela robada de la sacristía. La luz reveló lo que nunca había visto antes: El cuerpo de Luciel estaba cubierto de cicatrices luminosas. No eran heridas normales. Formaban runas , como si alguien hubiera escrito en su piel con cuchillos benditos. —¿Qué... qué te hicieron? —preguntó Gabriel, extendiendo la mano pero sin atreverse a tocar. Luciel sonrió amargamente y le agarró la muñeca , colocándosela sobre el pecho, donde una marca en forma de espiral brillaba débilmente. — El primer pecado no fue de lujuria —susurró—. Fue de envidia. La palma de Gabriel ardía contra el pecho desnudo de Luciel, cada latido dorado resonando en sus dedos como un tambor lejano. No podía apartar la mirada. Luciel, sonriendo con esa calma de predador , guió su mano con suavidad hipnótica: - Pestañas que barrieron su piel como plumas de ángel. - Nariz perfecta, un puente elegante que sus dedos recorrieron con reverencia. - Labios … Dios , esos labios rosados y suaves que se entreabrieron bajo su tacto, dejando escapar un suspiro cálido que hizo temblar a Gabriel hasta los huesos. —¿Nunca habías tocado a alguien así? —musitó Luciel, acercándose hasta que su aliento mezcló menta y pecado —. Qué pena… Gabriel tragó saliva , su pulso acelerado traicionándolo. Su mano vaciló, pero Luciel la apretó contra su boca, haciendo que sus dedos rozaran el filo de sus dientes . — No pienses…—ordenó Luciel, arrastrando las palabras como un hechizo—. Solo…siénteme. Y entonces, Gabriel cayó . La Confesión más Antigua Con un movimiento brusco, Luciel volteó a Gabriel y lo empotró contra el altar frío . — ¿Quieres saber por qué caí? —Su aliento olía a hierro y tormenta—. No fue por rebelarme. Gabriel intentó girarse, pero Luciel lo inmovilizó con un muslo entre las piernas. —Fue porque amé a otro arcángel —continuó, mordiendo la oreja de Gabriel—. Y mi hermanastra nos encontró juntos. La imagen apareció de pronto en la mente de Gabriel: Luciel, con alas intactas, retorciéndose bajo otro ser celestial mientras Rafael los observaba desde las sombras. Luciel se arqueaba bajo el cuerpo de aquel otro ser celestial , sus alas inmaculadas desplegadas como un abanico de plumas temblorosas, cada gemido suyo resonando en la bóveda del lugar sagrado. No había notado la presencia de Rafael —su hermano, su sangre, su juez silencioso—, quien observaba desde las sombras con ojos que brillaban como dagas frías . Rafael no respiró. No hizo un sonido. Solo miró : - Cómo los dedos de aquel desconocido hundían en las caderas de Luciel , marcándolo con futuros moretones. - Cómo la boca de su hermano se abría en un grito ahogado , tan distinto a las plegarias que solían salir de ella. - Cómo el suelo, sagrado, absorbía las gotas de sudor y esencia celestial , como si el templo mismo estuviera corrompiéndose. Y entonces… sonrió . No con rabia. No con disgusto. Sino con la calma de quien acaba de encontrar un arma . La imagen se clavó como un cuchillo en la mente de Gabriel: — Luciel , arqueado bajo otro ser celestial, sus alas extendidas y temblando , piel dorada brillando entre sudor y gemidos. Rafael , observando desde las sombras con una sonrisa que no prometía nada bueno…— Gabriel tragó saliva , sintiendo cómo el calor le bajaba al vientre. ¿Era… celos? ¿O excitación? No podía separar la rabia de la lujuria cuando el muslo de Luciel se hundió entre sus piernas , y su cuerpo, traidor , se movió solo, buscando fricción. Luciel no necesitó palabras . Con un susurro ronco, deslizó su mano bajo la túnica de Gabriel, pellizcando sus pezones ya erectos con dedos expertos, al mismo tiempo que sus labios mordisqueaban el cuello que olía a culpa y deseo . — ¿Te gusta imaginarme así? —rugió contra su piel—. Déjame mostrarte cómo realmente fue… Y entonces, lo giró contra la pared , las alas de ambos chocando en un crujido de plumas y pecado. Sexo y Castigo Luciel le arrancó la sotana de un tirón. — Ellos me grabaron las faltas en la piel —gruñó, abriéndose paso entre las piernas de Gabriel con una rodilla—. Ahora tú las llevarás en la sangre. Gabriel gritó cuando Luciel lo penetró sin preparación , usando su propia sangre dorada como lubricante. El dolor fue blanco y brillante , como mirar directamente al sol. — ¡Luciel! — Callate —el ángel lo azotó, dejando un reguero de fuego en la piel—. Esto es un bautismo. Cada embestida sentía como si le arrancaran trozos de alma . Gabriel vio visiones entre lágrimas: - Luciel encadenado en el vacío. - Rafael riendo mientras le arrancaba pluma por pluma. - Un nombre escrito en una lengua muerta: Sariel (¿su verdadero nombre?). La Marca se Completa Cuando el orgasmo los golpeó, algo cambió . La herida de bala de Gabriel ardió y comenzó a brillar con el mismo oro que la sangre de Luciel. El ángel lanzó un grito triunfal y lo mordió en el cuello, donde la vena yugular pulsaba frenética. — Ahora eres mío —jadeó Luciel, lamiendo la sangre que ahora brillaba débilmente—. Marca de los Caídos. Gabriel miró horrorizado cómo venas doradas se extendían desde la mordida hacia su pecho. ¿Lo estaba convirtiendo? La Traición más Profunda Fue entonces cuando la puerta de la cripta se abrió. Amadeo estaba allí, pero no era Amadeo . Sus ojos eran completamente negros, y sonreía con demasiados dientes . — Qué tierno —dijo con la voz de Rafael—. Haciendo otro ángel caído. Luciel se interpuso entre Gabriel y la criatura, sus alas (¿o eran tentáculos ahora?) desplegadas en amenaza. — Esta vez no me vencerás. Rafael rió y levantó algo que hizo que hasta Luciel retrocediera: Un cuchillo hecho del mismo hueso que las alas de un ángel. La Promesa de Sangre — Huiré contigo —susurró Gabriel en el oído de Luciel mientras retrocedían—. A cualquier parte. Luciel lo miró con una tristeza infinita. — No hay donde huir. Rafael avanzó, balanceando el cuchillo. — El obispo quiere verlos... para el exorcismo final.
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