🩸 Contenido explĂcito: sexo violento, revelaciones traumáticas, sangre dorada y cicatrices que hablan 🗡️
Huida hacia la Cripta Maldita
Gabriel arrastrĂł a Luciel por los escalones de piedra que llevaban a la cripta olvidada bajo la iglesia. El ángel apenas podĂa mantenerse en pie, su ala derecha goteando sangre dorada sobre los peldaños.
— AquĂ... nadie nos encontrará —jadeĂł Gabriel, aunque el lugar apestaba a tierra podrida y algo más: a sacrificios antiguos .
Las paredes estaban talladas con sĂmbolos que hacĂan que los ojos le ardieran. ÂżCuántos siglos llevaba esta cámara oculta?
Luciel se desplomĂł contra el altar n***o en el centro, haciendo rodar huesos polvorientos.
— AquĂ es donde lo hicieron —susurrĂł, tocando una mancha oscura en la piedra que nunca se habĂa limpiado—. Donde Rafael me rompiĂł.
El aire olĂa a tierra hĂşmeda y siglos olvidados. Las paredes desgastadas de la cripta susurraban secretos en grietas, mientras telarañas brillaban como velos fantasmas bajo la tenue luz de las velas que Luciel sostenĂa. Gabriel pisĂł con cautela, el eco de sus pasos mezclándose con el crujir de muebles cubiertos por sábanas blancas , ahora amarillentas por el polvo y el tiempo.
Pero fue el altar lo que detuvo su aliento.
Una figura de una santa se alzaba en el centro, su rostro erosionado por los años, las manos extendidas como en un Ăşltimo intento de bendecir un lugar que ya no recordaba a Dios. Hierbas secas —romero, tal vez— yacĂan esparcidas a sus pies, junto a manchas oscuras de sangre antigua , tan vieja que se habĂa fundido con la piedra.
Luciel se acercĂł, arrastrando los dedos sobre la superficie del altar, dejando un rastro limpio en el polvo.
— ÂżVes? —susurrĂł, volviĂ©ndose hacia Gabriel con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Hasta los santos sangran aquĂ.
Gabriel sintiĂł un escalofrĂo . No por el frĂo… sino por la manera en que Luciel miraba la estatua, como si entendiera algo que Ă©l no podĂa.
— ¿Qué pasó aqu� —preguntó, aunque no estaba seguro de querer la respuesta.
Luciel solo rio, bajando la mano hasta donde la sangre se habĂa secado.
— Lo mismo que pasará contigo… si sigues preguntando.
Y entonces, la luz de las velas se apagĂł .
Cicatrices que Cuentan Historias
Gabriel encendiĂł una vela robada de la sacristĂa. La luz revelĂł lo que nunca habĂa visto antes:
El cuerpo de Luciel estaba cubierto de cicatrices luminosas.
No eran heridas normales. Formaban runas , como si alguien hubiera escrito en su piel con cuchillos benditos.
—¿Qué... qué te hicieron? —preguntó Gabriel, extendiendo la mano pero sin atreverse a tocar.
Luciel sonrió amargamente y le agarró la muñeca , colocándosela sobre el pecho, donde una marca en forma de espiral brillaba débilmente.
— El primer pecado no fue de lujuria —susurró—. Fue de envidia.
La palma de Gabriel ardĂa contra el pecho desnudo de Luciel, cada latido dorado resonando en sus dedos como un tambor lejano. No podĂa apartar la mirada.
Luciel, sonriendo con esa calma de predador , guiĂł su mano con suavidad hipnĂłtica:
- Pestañas que barrieron su piel como plumas de ángel.
- Nariz perfecta, un puente elegante que sus dedos recorrieron con reverencia.
- Labios … Dios , esos labios rosados y suaves que se entreabrieron bajo su tacto, dejando escapar un suspiro cálido que hizo temblar a Gabriel hasta los huesos.
—¿Nunca habĂas tocado a alguien asĂ? —musitĂł Luciel, acercándose hasta que su aliento mezclĂł menta y pecado —. QuĂ© pena…
Gabriel tragó saliva , su pulso acelerado traicionándolo. Su mano vaciló, pero Luciel la apretó contra su boca, haciendo que sus dedos rozaran el filo de sus dientes .
— No pienses…—ordenó Luciel, arrastrando las palabras como un hechizo—. Solo…siénteme.
Y entonces, Gabriel cayĂł .
La Confesión más Antigua
Con un movimiento brusco, Luciel volteĂł a Gabriel y lo empotrĂł contra el altar frĂo .
— ÂżQuieres saber por quĂ© caĂ? —Su aliento olĂa a hierro y tormenta—. No fue por rebelarme.
Gabriel intentĂł girarse, pero Luciel lo inmovilizĂł con un muslo entre las piernas.
—Fue porque amé a otro arcángel —continuó, mordiendo la oreja de Gabriel—. Y mi hermanastra nos encontró juntos.
La imagen apareció de pronto en la mente de Gabriel: Luciel, con alas intactas, retorciéndose bajo otro ser celestial mientras Rafael los observaba desde las sombras.
Luciel se arqueaba bajo el cuerpo de aquel otro ser celestial , sus alas inmaculadas desplegadas como un abanico de plumas temblorosas, cada gemido suyo resonando en la bĂłveda del lugar sagrado. No habĂa notado la presencia de Rafael —su hermano, su sangre, su juez silencioso—, quien observaba desde las sombras con ojos que brillaban como dagas frĂas .
Rafael no respirĂł. No hizo un sonido. Solo mirĂł :
- CĂłmo los dedos de aquel desconocido hundĂan en las caderas de Luciel , marcándolo con futuros moretones.
- CĂłmo la boca de su hermano se abrĂa en un grito ahogado , tan distinto a las plegarias que solĂan salir de ella.
- CĂłmo el suelo, sagrado, absorbĂa las gotas de sudor y esencia celestial , como si el templo mismo estuviera corrompiĂ©ndose.
Y entonces… sonrió .
No con rabia. No con disgusto. Sino con la calma de quien acaba de encontrar un arma .
La imagen se clavĂł como un cuchillo en la mente de Gabriel:
— Luciel , arqueado bajo otro ser celestial, sus alas extendidas y temblando , piel dorada brillando entre sudor y gemidos. Rafael , observando desde las sombras con una sonrisa que no prometĂa nada bueno…—
Gabriel tragĂł saliva , sintiendo cĂłmo el calor le bajaba al vientre. ÂżEra… celos? ÂżO excitaciĂłn? No podĂa separar la rabia de la lujuria cuando el muslo de Luciel se hundiĂł entre sus piernas , y su cuerpo, traidor , se moviĂł solo, buscando fricciĂłn.
Luciel no necesitĂł palabras .
Con un susurro ronco, deslizĂł su mano bajo la tĂşnica de Gabriel, pellizcando sus pezones ya erectos con dedos expertos, al mismo tiempo que sus labios mordisqueaban el cuello que olĂa a culpa y deseo .
— ¿Te gusta imaginarme as� —rugió contra su piel—. Déjame mostrarte cómo realmente fue…
Y entonces, lo girĂł contra la pared , las alas de ambos chocando en un crujido de plumas y pecado.
Sexo y Castigo
Luciel le arrancĂł la sotana de un tirĂłn.
— Ellos me grabaron las faltas en la piel —gruñó, abriéndose paso entre las piernas de Gabriel con una rodilla—. Ahora tú las llevarás en la sangre.
Gabriel gritĂł cuando Luciel lo penetrĂł sin preparaciĂłn , usando su propia sangre dorada como lubricante. El dolor fue blanco y brillante , como mirar directamente al sol.
— ¡Luciel!
— Callate —el ángel lo azotó, dejando un reguero de fuego en la piel—. Esto es un bautismo.
Cada embestida sentĂa como si le arrancaran trozos de alma . Gabriel vio visiones entre lágrimas:
- Luciel encadenado en el vacĂo.
- Rafael riendo mientras le arrancaba pluma por pluma.
- Un nombre escrito en una lengua muerta: Sariel (Âżsu verdadero nombre?).
La Marca se Completa
Cuando el orgasmo los golpeĂł, algo cambiĂł .
La herida de bala de Gabriel ardió y comenzó a brillar con el mismo oro que la sangre de Luciel. El ángel lanzó un grito triunfal y lo mordió en el cuello, donde la vena yugular pulsaba frenética.
— Ahora eres mĂo —jadeĂł Luciel, lamiendo la sangre que ahora brillaba dĂ©bilmente—. Marca de los CaĂdos.
Gabriel mirĂł horrorizado cĂłmo venas doradas se extendĂan desde la mordida hacia su pecho. ÂżLo estaba convirtiendo?
La Traición más Profunda
Fue entonces cuando la puerta de la cripta se abriĂł.
Amadeo estaba allĂ, pero no era Amadeo .
Sus ojos eran completamente negros, y sonreĂa con demasiados dientes .
— QuĂ© tierno —dijo con la voz de Rafael—. Haciendo otro ángel caĂdo.
Luciel se interpuso entre Gabriel y la criatura, sus alas (¿o eran tentáculos ahora?) desplegadas en amenaza.
— Esta vez no me vencerás.
Rafael riĂł y levantĂł algo que hizo que hasta Luciel retrocediera:
Un cuchillo hecho del mismo hueso que las alas de un ángel.
La Promesa de Sangre
— HuirĂ© contigo —susurrĂł Gabriel en el oĂdo de Luciel mientras retrocedĂan—. A cualquier parte.
Luciel lo mirĂł con una tristeza infinita.
— No hay donde huir.
Rafael avanzĂł, balanceando el cuchillo.
— El obispo quiere verlos... para el exorcismo final.