—Pero es usted demasiado bella como para esconder la cara entre las coles— insistió Sir Erwell—, hay fiestas y bailes de todo tipo, y, por supuesto, el teatro, que estoy seguro de que a usted le gustará. —Todo eso suena muy interesante— admitió Devona—, pero yo prefiero montar a asistir a un baile y espero poder quedarme aquí. Había algo de melancolía en la forma en que habló, y a Sir Erwell no le pasó aquello inadvertido. —Creo— volvió a insistir—, que eso sería desperdiciar su belleza y su dinero. —No, si me compro algunos buenos caballos— apuntó Devona. —¿Y dónde piensa instalarlos?— preguntó Sir Erwell. Por un momento, Devona no respondió, y miró hacia el otro lado de la mesa, en dirección al Conde. Lady Olga había acercado su cara a la de éste y le estaba susurrando algo al oíd

