La noche anterior ella había oído a alguien comentar que Sir Erwell tenía una casa de campo por allí. Pero imaginó que el Conde no sabía dónde se encontraba ésta. «¿Qué debo hacer?», se preguntó. El viento había hecho que sus cabellos volaran sobre su rostro, de modo que empujó los rizos dorados hacia un lado antes de decir: —Por favor, Sir Erwell, sea sensato. Yo no quiero casarme con usted y, por lo tanto, todo esto es una locura. Vamos a comer con el Lord teniente tal y como estaba previsto. Sir Erwell se río y fue una risa desagradable. —¿De verdad cree, mi pequeña, que, después de haber pasado por tantos problemas, voy a darme por vencido, estando ya a punto de llegar a la meta? No. Ahora usted es mía, y le prometo que la voy a hacer muy feliz. —¿Cómo es posible que yo pueda se

