Miré a Andrea, sonriente, jugando con el perro, este se había pegado a su cuerpo y estiraba la camisa de seda que quedaba tirante sobre sus pechos y el botón desabrochado se había bajado y se veía con claridad el canalito de sus enormes tetazas y otra vez esa nueva sensación de incomodidad al ver como otros la atravesaban con la mirada, como este torvo chofer. Llegamos al piso por fin, no recordaba al conserje del edificio, era otro distinto al que yo recordaba de más joven, este sería un hombre de unos cincuenta años, de cabello cano y más bien alto y magro. _Soy Jose, bienvenido, su hermana dijo que llegaría hoy_ me dijo estrechándome la mano y luego ayudando a bajar las maletas del coche. _Bienvenida señora_ dijo a Andrea y esta que seguía con el perrito en brazos, le sonrió levemen

