Capitulo 1
No soy un hombre dramático. No me gustan los grandes gestos, las florituras que cautivan la mirada y el recuerdo. Cuando me gradué de la Universidad de Florida, tenía asuntos pendientes con la herencia de mi padre, quien falleció repentinamente, así que me salté el paseo de graduación y los gritos mientras los estudiantes lanzaban nuestra parafernalia estudiantil al cielo soleado, y me enviaron mi diploma por correo.
Cuando le pedí a Mary, ahora mi esposa, que fuera mi novia, no contraté un dirigible que surcara el cielo con letras que dijeran "¡Cásate conmigo, Mary!" ni un avión con una pancarta que proclamara: "¡Hazme un hombre feliz, Mary!". No me arrodillé en un restaurante lleno de gente para abrir una caja con un diamante de dos quilates mientras los comensales a nuestro alrededor se quedaban boquiabiertos. No pedí ostras Rockefeller y dejé que ella abriera una que contenía el mencionado anillo de diamantes de dos quilates. No, me di la vuelta junto a su cuerpo desnudo y sensual en la cama que compartíamos en mi apartamento fuera del campus, después de provocarle tres orgasmos con mi lengua, mis dedos y mi pene. Le pasé la mano por el costado sudoroso. Ella se recostó respirando lentamente. Por experiencia propia, pensé que probablemente se quedaría dormida y que compartiríamos unas horas de sueño y despertaríamos a una u otra para tocarla si no conseguía una erección tan pronto.
Pasé la mano por su pezón derecho, que se había ablandado. Abrió sus ojos castaño claro y me miró con una sonrisa burlona.
¿Buscas un nuevo récord, Hugh? No es que me oponga, pero me dejaste agotado la última vez.
Me quedé mirándola un instante. Había estado con otras mujeres antes que ella. Mi familia tenía dinero y, a los 15, me acosté con una chica de 18 que limpiaba la casa mientras mis padres no estaban. Si tienes coche, no eres feo, sabes hablar con chicas y tienes algo de experiencia, no es difícil tener sexo con chicas de forma estable en el instituto y la universidad. Sin embargo, Mary era diferente. Lo había sido desde el momento en que vi su cuerpo firme y su bonito rostro, enmarcado por la larga melena castaña y lisa que llevaban todas las universitarias hacía tres décadas en una clase de economía en 1970, cuando ambas estábamos en el último año. Ella iba en serio, a un paso de estar comprometida con un hombre de Harvard. Era rico y, con un título de Harvard a sus espaldas, parecía dispuesto a proporcionar el tipo de vida que cualquier chica podría desear.
Pero claro, él estaba en Harvard y yo con Mary, en la Universidad de Florida. Trabajé con ella durante medio año. Fui amable, nada insistente, y un caballero, pero ella sabía que la deseaba. No corazones, flores ni abrazos, sino esos pechos altos de copa 36B y ese trasero respingón que ningún vestido podía ocultar.
La invité a tomar un café y estudié con ella, y cuando su novio se olvidaba de llamar o estaba "ocupado", yo estaba allí para llevarla a comer pizza, para compadecerme y para insinuar que probablemente se estaba acostando con alguna chica rica del norte. Dimos largos paseos por el campus, hablamos de libros y la convencí de ir conmigo al cine y al teatro, solo como "amigos". Me disculpé por robarle nuestro primer beso y me dijo que no volvería a salir conmigo por nada del mundo, que la clase sería nuestro único lugar de encuentro, pero lo hizo, y la besé una y otra vez. Le acaricié los pechos en el coche a través de su blusa hasta que se estremeció, luego deslicé mi mano sobre su piel desnuda y la hice gemir. Luego planté mis labios en esos capullos rosados y chupé y mordisqueé hasta que jadeó y supe que si lograba meter las manos en sus bragas, las empaparía.
Ella se sentía culpable porque todavía estaba semi-comprometida, pero yo no tenía remordimientos y seguí invitándola a salir, acariciándole y chupando esos pechos, y conseguí que me pusiera las manos en la polla, que parecía una barra de acero, y me acariciara hasta que me corriera. Entonces quiso verlo pasar y, aunque me dijo que nunca había hecho algo así, me rozó la polla con esos labios sensuales y me la chupó en mi apartamento.
Lloró un poco la primera noche que me la follé. Esa noche me la follé, pero la siguiente vez volvimos a follar, y cuando terminé, me volvió a chupar fuerte y me montó hasta que me corrí otra vez, y ya no hubo lágrimas por el chico de Harvard.
Pasamos casi todas las noches juntos hasta la graduación. Estuve dentro de ella de una forma u otra. Cuando tenía la regla, me la chupaba y yo la hacía correrse con los dedos. Una vez me la follé igual, ¡al diablo con la sangre!
La miré acostada a mi lado y recordé aquellos días y noches y ni siquiera tuve que pensar en lo que estaba diciendo.
Te amo, Mary. Sé que ya lo he dicho, pero esto es de verdad. Quiero vivir contigo, tener hijos, despertar contigo y acostarme contigo... por el resto de mi vida. Casémonos.
Ella me miró y entonces mi corazón se hundió cuando puso una mirada seria en su rostro y negó con la cabeza.
-¿Qué...?-
-No sé si puedo, Hugh.-
-Pensé... pensé que tú también me amabas. ¿Todo esto fue una farsa?-
Ella extendió la mano para tocar mi cara y las lágrimas corrieron por la suya.
-Oh, sí, cariño, te quiero, probablemente demasiado. Me da miedo. Si nos casamos y pasa algo, como que mueras o conozcas a alguien más y te enamores de él o ella, no podría sobrevivir. No lo haría, compraría un arma, me cortaría las venas o tomaría pastillas. Te quiero tanto que me das miedo.-
Nunca te dejaré, no voluntariamente. Nunca amaré a otra mujer y haré todo lo posible para asegurarme de sobrevivirte. Mi familia vive mucho tiempo, excepto mi padre, y ese accidente fue una casualidad. Me aseguraré de que mis frenos siempre funcionen.
Así empezó todo hace casi 40 años. Ya estamos en 2006, llevamos mucho tiempo casados, somos padres de un neurocirujano de 32 años que ejerce en Los Ángeles y de una editora de 29 años de Random House en Nueva York, y abuelos de un niño de tres años llamado Austin y una niña de uno llamada Calabria. Nunca sabré de dónde salió todo eso.
Hago ejercicio y he intentado cuidar mi alimentación. Estoy en bastante buena forma para un hombre de 57 años. Conservo casi todo el pelo, que se está poniendo gris, como está de moda, y casi toda la dentadura. Todavía encuentro a algunas secretarias y ejecutivas que me envían señales de vez en cuando con "ese" tipo de sonrisas, ese pequeño toque en el brazo que no es necesario, bromas sobre lo que van a hacer mientras su novio o esposo está fuera de la ciudad en un viaje de negocios.
Es halagador, pero nunca los tomo en serio. Tuve una racha, una fiebre, hace unos diez años, cuando, por alguna razón, fantaseaba con follarme a cualquier chica joven que se me acercara. Coqueteé y tuve citas medianamente serias, pero nunca logré llegar a la infidelidad total, y un día, ¡la fiebre simplemente desapareció!
Mary se ha convertido en una mujer hermosa y sensual. Tiene 57 años, pero podría pasar fácilmente por una de 40. En fiestas y reuniones, me he acostumbrado a que hombres más jóvenes intenten apartarla de mí para dejarle su marca. Le encanta, como me lo describe después, cómo estos jóvenes —algunos ni siquiera habían nacido cuando follamos por primera vez— frotan contra ella la evidencia de su excitación. "Es señal de que la pornografía se ha apoderado de la cultura", dice riendo mientras se recuesta contra mí en la cama después. A veces se me levanta y la embisto hasta orgasmos incoherentes, otras veces consigo que se me levante una vez, quizá, o la satisfago con los dedos y la lengua. Al fin y al cabo, ya casi tengo 60.
De verdad creen que con solo frotar sus p***s contra mí me llenaré de lujuria. Dime, Hugh, cuando tenías esa edad, ¿de verdad esperabas que bastara con frotarlo contra una mujer para seducirla?
Olvidas que cuando yo tenía su edad ya tenía una mujer y no necesitaba rozarla para excitarla. Solo estar en la misma habitación lo hacía.
Ella me daba un codazo en el costado y me decía: "Imbécil, nunca fui tan fácil".
Así que ella era guapísima y yo no estaba mal. Teníamos una buena vida y esperaba que nos iríamos deslizando con calma hacia la vejez, juntos, amándonos y disfrutando de una vida s****l plena. Trabajé para el Hunt Bank en Jacksonville, uno de los bancos independientes más grandes del sureste, como alto ejecutivo. Había trabajado para ellos durante más de 25 años, desde la época en que el viejo Hunt aún existía. Lo había convertido en un gigante financiero y había preparado a su querida nieta Gail para que ella asumiera las riendas del banco en 1990.
Mary trabajaba como representante de ventas para McDaniels Educational Enterprises, uno de los mayores proveedores de materiales de evaluación educativa del país. Era representante sénior y, por lo tanto, viajaba mucho. No era raro que estuviera de viaje tres fines de semana al mes. A veces eran viajes de tres o cuatro días cuando se dirigía al norte o al medio oeste.
Había meses en los que pasaba más tiempo fuera que en casa. Pero le encantaba el trabajo y la llevaba a lugares que jamás habría podido permitirse si lo hubiéramos pagado nosotros mismos. Estábamos cómodos, no tan ricos como Hunt. Tomaba muchísimas fotos y siempre tenía historias para mí. Y siempre que podíamos, volvíamos a visitar juntos los lugares que me había contado.
Sinceramente, su ausencia constante hacía que el tiempo que pasábamos juntos pareciera una miniluna de miel. Para una pareja de casi sexagenarios, el sexo era bastante intenso y constante.
Nos reímos mientras me contaba las noches en que los chicos con los que había quedado para comer o cenar la llamaban al hotel y le preguntaban en voz baja: - ¿Qué llevas puesto?-. A veces se identificaban, a veces le hacían bromas telefónicas. Dijo que al principio la desconcertó. Sus primeras reacciones fueron de ira, luego de nerviosismo, pero nunca aparecía nadie a llamar a la puerta del hotel y, si lo hacían, había seguridad.
Entonces, una noche, mientras yacíamos juntos después de una paliza particularmente agotadora que nos habíamos dado, ella me miró con lo que solo podría describirse como vergüenza y dijo: - Hugh, he sido mala. -
Me reí y dije. - Seguro que sí. Necesitaré una transfusión si empeoras. -
Ella extendió la mano y puso una pequeña mano en el costado de mi cara.
-No, cariño. Me he portado mal en este último viaje.-
-¿Qué quieres decir?-
Me pregunté qué sería. "Malo" para ella podría haber sido cualquier cosa. Sentía curiosidad, no preocupación.
-Dime y déjame decidir si voy a tener que usar un cinturón contra ti o una palanca contra algún tipo. -
-No es una palanca, pero quizás quieras darme una nalgada. Me gustaría.-