Entonces recordé que Nicole y yo compartimos uno cuando le enseñaba las exquisiteces de la alta cocina en una tienda judía de Jacksonville, cuando solo tenía nueve años. Lo había olvidado. Es curioso lo que uno recuerda en un momento así. Me di cuenta de que estaba llorando y levanté la vista para ver a Mary mirándome con una emoción indescifrable en el rostro. Les había dicho a los de seguridad qué debían comprar. No había olvidado todo sobre nuestros años juntos. Siempre había podido leerla antes, pero, como el tipo de San Agustín, mi esposa se había ido y nunca volvería. Ya no era la mujer que yo había conocido. A las dos de la madrugada, Wallinsky entró en la sala de espera con aspecto cansado. Me ignoró y se dirigió hacia Simon, quien se había desplomado, con la cabeza casi sobre e

