ELISA
Desde que tengo uso de razón mi destino ha sido ser la Reina de la Mafia de la Familia Richter. Ser la legítima heredera de la Mafia era algo a lo que ya estaba acostumbrada desde niña pero no sólo eso, sino que era consciente de que mi vida nunca sería lo mismo hasta el momento en que cumpliera los dieciocho años.
Cumplí dieciocho años y lo primero que tuve que hacer fue mandar a eliminar a un parásito que debía dinero y siguió pidiendo más que hasta que mi abuelo se negó rotundamente y luego de que decidió jubilarse me encomendó dicha tarea y la tuve que ejecutar.
Mandé a uno de los sicarios que era experto en tortura y en anatomía humana. Y luego de una hora el sicario recibió su dinero y desapareció del Continente.
Desde ese día he sido una sanguinaria que gobierna Europa con mano de hierro. Nada importaba más que los negocios y mantener la reputación de la familia Richter a cualquier costo.
Dos años bastaron para que me convirtiera en la Reina de la Mafia, de lo cual no estaba arrepentida porque ayudaba a mi abuelo y eso aliviaba la carga que él llevó en sus hombros por años.
Estaba en mi oficina sin hacer nada bebiendo una copa de vino tinto añejado desde diez años o más, tenía un sabor dulce a frutas y un olor; un delicioso néctar para mi garganta y la amargura de la soledad que me ha acompañado por dos años. Eran las diez de la mañana y ya estaba bebiendo... y eso me hacía pensar en que mi abuelo me regañaría sin parar sí en algún momento llegaba a descubrir mi pequeño secreto que sólo conocía Orlando.
Dejé mi copa aún llena de lado sobre el escritorio de madera. Me levanté de la silla y fui directamente hacia la ventana de mi oficina y quedé allí apoyada en la pared de marfil fría y refrescante, suspiré con pesar pensando en cómo las cosas se volvieron diferentes y distantes desde que me convertí en la Reina de la Mafia.
Título que no ha sido en vano darme, porque mis negocios los manejo con mano de hierro y no hago excepciones ante quienes desean mi compasión y clemencia. Pero nunca o rara vez sucede eso. Lo cual es patético...
La voz de Orlando interrumpió mis pensamientos, dirigí mi mirada hacia él y dije:
—¿Qué pasa?—Se acercó a mí con un sobre blanco en las manos un poco indeciso a dármelo. Finalmente me lo dio y al leer el contenido, Orlando tuvo que contenerme para no tomar mi arma y cometer un estupidez.
—Señorita, no debe ser impulsiva de lo contrario todo su esfuerzo y de los demás será en vano—. Finalmente desistí de ir a matar al infiltrado del cual ya tenía sospechas pero no nunca pensé que se tratara de nada más y nada menos que de Stefano...
A quien pensaba poner como el segundo al mando pero... luego de leer la carta de uno de mis tantos informantes...
Deseaba verlo muerto pero antes debía ser más inteligente y astuta. Debía descubrir sus verdaderas intenciones de las cuales la mayoría eran fácil de predecir.
—Prepara el auto y dile a Hassan que se prepare, requeriré sus servicios pero dile que sea "suave" con Stefano, no quiero que ensucie mi hermoso calabozo.
Salí de mi oficina con Orlando yendo detrás de mí en camino a buscar a ese bastardo de Stefano.
Salimos de la Mansión Richter lista para llevar a cabo mi plan, subí al auto a la parte trasera y Orlando subió como el conductor, mientras yo estaba enviando un mensaje a alguien para que mandaran llamar al maldito hijo de puta.
Orlando dio marcha al auto y nos fuimos sin más. En el camino estuve muy demasiado tranquila, realmente no deseaba hacer un escándalo y romper todo lo que había mi vista, incluyendo el costoso tapiz beige del auto en el que iba sentada que era un Centodieci color n***o, hermoso.
miraba por la ventana polarizada del auto por fuera y por dentro se podía ver todo lo de afuera. El cielo estaba gris, cubierto de nubes oscuras y deprimentes, el día era triste y desolado.
Me daba cierta sensación de nostalgia que desde hace años que no sentía y sinceramente era un sentimiento extraño para mí y lleno de incertidumbre. No había manera o forma de evitarlo pero eso no iba a evitar que hiciera mi trabajo como la Reina de la Mafia.
Llegamos a la casa de seguridad que asigné a mis subordinados de confianza, incluido a Orlando. Los subordinados estaban vestidos de n***o con lentes oscuros, pese a que llevaban puestos estos, sus miradas de sorpresa fueron más que evidentes. No esperaban verme luego de que les asigné cuidar y proteger la casa de seguridad.
Bajé del auto y las miradas de sorpresa fueron aún mayor, pero eso poco me importó en aquel momento. Lo único que me importaba era partirle su madre a ese cabrón.
Entonces antes de que pudieran decir algo, hablé yo.
—¿Dónde está Stefano?—Pregunté conteniendo mi enojo.
Nadie me decía y entonces Orlando me dio mi arma y di dos disparos al aire que hicieron que todos se sobresaltaran. Ahora si estaba ENCABRONADA...
—¡¡¿DÓNDE CARAJOS ESTÁ STEFANO?!!—Grité exigiendo una respuesta.
Fue entonces que uno de los subordinados asustado habló.
—Está adentro de la casa de seguridad...
Miré la enorme casa de ladrillos con puertas de hierro forjado y ventanas con barrotes, cada ventana por dentro había una habitación que yo misma me encargué de que todas y cada una de las habitaciones fueran acondicionadas con todo lo necesario para que fueran habitables.
Entré a la casa tirando la puerta, rompiendo el vidrio de la puerta con mis botas de combate negras haciendo que el vidrio se rompiera en miles de pedazos haciendo que cayeran al suelo sin importarme el escándalo que estaba provocando.
—Orlando quédate afuera y cuando llegue Hassan... dile que lo espero en la habitación de nuestro querido Stefano.
—Sí, señorita—. Respondió seguro.
Fui en busca de ese maldito y casi de inmediato oí unas pisadas apresuradas en la planta alta de la casa, el piso era de mármol y muy ruidoso, por cierto. Subí los peldaños de las escaleras alfombradas con una alfombra gris oscuro puesta. Subí con determinación ignorando que el cobarde de Stefano estaba escondiéndose detrás de los barrotes de hierro forjado n***o del pasillo que conectaba con las escaleras.
Oía su respiración, llena de desesperación y miedo, la combinación perfecta para lograr hacer llorar a alguien pero sobretodo obtener la verdad...
Continué subiendo las escaleras mientras escuchaba el miedo y la desesperación de Stefano juntas, por un momento hubo un silencio incómodo e inquietante que me hizo preguntarme en dónde carajos estaba esa rata traicionera.
Pasó un minuto. El más eterno minuto de mi vida que hizo que me estuviera a punto de impacientar. El suave sonido de un zapato llamó mi atención en el momento en que terminé de subir las escaleras.
Miré hacia los barrotes de la escalera que colindaban al pasillo y Stefano ya no estaba. Seguí oyendo el sonido de sus pisadas hasta el final del pasillo.
Seguí el sonido de las pisadas hasta llegar a la última habitación que había en el pasillo, allí estaba escondido ese miserable hijo de puta.
Llegué finalmente a la puerta de la habitación que era de color caoba oscuro, giré el picaporte redondo de metal y abrí la puerta, al hacerlo tuve que tirarme al suelo al oír una pistola lista para disparar y no era la mía.
Pronto oí un disparo que dio contra el muro del otro lado de las escaleras. Me levanté del suelo. Miré hacia el muro y este tenía un agujero del tamaño de una moneda de dos euros, era increíble pero no imposible de lograr.
Entré a la habitación y al hacerlo vi cómo ese miserable hijo de perra se iba a un rincón arrastrándose en el suelo huyendo a un rincón de la habitación tratando de salvarse de mí. Pero para su mala suerte... eso era imposible.
Sujeté mi arma con fuerza mirándolo con desprecio y enojo, pero sobretodo decepción.
—¿Q-Qué m-m-me-ee.. vas ha-ac-c-er?—Habló tan preso del pánico que incluso le costaba articular las palabras en una pregunta.
Patético...
—Matarte es una opción muy tentadora...—Dije acariciando su mejilla con mi revolver haciendo que este temblara aún más ATERRADO. Miraba sus aterrados ojos grises que antes mostraban valentía y frialdad en sus acciones, su cabello que era castaño claro y peinado perfectamente hacia atrás, en ese momento estaba completamente despeinado, parecía que había tirado de él un par de veces con frustración.
Él sabía que yo iba a venir. Era obvio...
Su camisa gris estaba fuera de su sitio y su pantalón n***o no tenía el cinturón con la hebilla de serpiente de la que tanto se admiraba. Ahora ya no tenía nada...
—Te daré la oportunidad de decir la verdad y dependiendo de lo que digas... me ayudará a pensar en sí dejarte vivo o enviarte a ser comida de gusanos...
Asintió aterrado. Él no quería morir...
—Sé que estuvo mal, no debía traicionar a la familia Richter. Pero no tenía opción, por favor, no, no, no... ¡¡¡NOOOOOOOOO!!!—Levanté el arma sujetando el gatillo listo para tirar de él, sus palabras no eran suficientes para convencerme de NADA.