Natalia amaneció tarde, el cuerpo aún pesado, con una sensación de cansancio que le hacía difícil incorporarse. Apenas giró en la cama, un dolor agudo en las caderas la obligó a apretar los dientes y a soltar un suspiro entrecortado. Su primer pensamiento fue la noche anterior: el modo salvaje en que Mikhail la había tomado, reclamándola como suya, sin tregua ni compasión. Se llevó la mano al vientre con una sonrisa breve, atribuyendo esos dolores a la intensidad con la que su marido la había poseído. Lo que no alcanzaba a sospechar era que sus bebés ya empezaban a buscar acomodo en su vientre, cada vez más pesado, preparándose a su manera para lo que vendría. El silencio de la habitación se quebró con un suave golpecito en la puerta. Valka entró con una bandeja, llevando un desayuno cal

