A la mañana siguiente, en plena hora hábil, Liev tomó el teléfono y llamó a Luna. Su voz era serena, pero cargada de un trasfondo que ella supo leer de inmediato: no llamaba por cortesía, sino porque había algo importante. — Tengo que hablar contigo sobre el padre del hijo de Dania. — Dijo directo, sin rodeos. Pausó un instante y luego añadió. — Quiere verla… y quiere hablar con ella. — Luna se quedó en silencio unos segundos. Su instinto la hizo arquear ligeramente una ceja, como si ya hubiera previsto que tarde o temprano llegaría ese momento. Respiró hondo y respondió con firmeza: — De acuerdo. Pero yo debo estar presente. — Por supuesto. — Replicó Liev, sin oponer resistencia. — Será en mi departamento. Allí estarán cómodas y nadie los interrumpirá. — Luna aceptó y cortó con una bre

