El reloj apenas marcaba las cuatro de la tarde cuando Natalia entró, como ya era costumbre, al estudio de Mikhail. Llevaba un conjunto cómodo, una camiseta blanca y unos pantalones sueltos de lino. En la mano traía una taza de té que le había preparado a él —aunque él ni se lo pedía—, y otra para ella. Se acomodó en el sofá junto a la ventana, cruzó una pierna sobre la otra y, mientras él repasaba informes, ella tomó su celular y empezó a jugar un rato. A veces lo miraba. A veces él la miraba de reojo. Pero no se decían nada. La compañía se había vuelto silenciosa, agradable. Él no le pedía que se marchara. Y aunque no hablaban demasiado mientras trabajaba, Mikhail encontraba tranquilidad en verla cerca, en oír cómo respiraba. Como si eso le recordara que, a pesar de todo, había vida más

