Mikhail estaba solo en su despacho, el cigarro consumiéndose lentamente entre sus dedos, la ceniza cayendo sobre un cenicero de cristal desbordado. La noticia de Yuri aún le retumbaba en la cabeza como un cañonazo. Natalia… su Natalia… llevaba en su vientre a su hijo. Su hijo. El pecho le ardía de una manera extraña, como si de golpe el aire fuera demasiado pesado para llenarle los pulmones. Apretó la mandíbula, cerró los ojos un segundo y soltó una carcajada seca, rota, sin humor. — Seis meses… — Murmuró, golpeando la mesa con el puño cerrado. — Yuri, maldito perro, lo ocultaste todo este tiempo… — Se levantó bruscamente, caminó hasta la ventana y apartó las cortinas con violencia. Afuera la finca se veía tranquila, pero dentro de él todo era tormenta. No le importaba que Natalia hubies

