El despacho olía a tabaco y a cansancio. Natalia abrió la puerta sin anunciarse. Sabía que él estaba allí, lo sentía. Y no se equivocaba. Mikhail estaba recostado en su silla giratoria, dándole la espalda a la entrada. Sostenía un puro humeante entre los dedos, con el codo apoyado en el brazo del sillón. El humo formaba una niebla espesa en el aire, colillas aplastadas se amontonaban en el cenicero sobre el escritorio. Natalia frunció el ceño: eso era una señal. Cuando fumaba tanto, era porque algo dentro de él estaba a punto de estallar. Cerró la puerta con suavidad detrás de ella. Caminó con pasos firmes, sin importar que sus pulmones protestaran por el olor denso que impregnaba la habitación. Él no dijo nada. Ni siquiera se giró. Estaba tan perdido en su tormenta mental que ni la hab

