Dentro de la camioneta, el silencio era más pesado que el rugido del motor. Natalia golpeaba la puerta con la mano abierta, buscando cualquier reacción de Sergey. — ¿A dónde vas a llevarme? — Preguntó con la voz quebrada, entre el miedo y la ira. — Sergey, dime algo… solo… — Él mantenía la vista al frente, los nudillos tensos sobre el volante. El sonido de su respiración era lo único que contestaba. — Solo mantente viva. — Su voz fue seca, cortante, como un disparo al aire. El vehículo frenó de golpe. Sergey no le dio tiempo de reaccionar; bajó de un tirón, dejando que la puerta se cerrara sola, y se perdió en la penumbra de la calle sin darle una mirada más. Natalia levantó la cabeza, el corazón latiendo con fuerza y se quedó ahí, sintiendo que la camioneta era ahora una jaula que se

