Las camionetas comenzaron a llegar una tras otra. El rugido de los motores de lujo, los destellos de los faros sobre la grava perfectamente alineada, y los trajes de gala que descendían de cada vehículo hablaban por sí solos. Era una noche importante. No solo para los invitados, ni para los acuerdos que se cocinarían entre copas, sino también para el anfitrión: Mikhail. Aunque su residencia habitual se encontraba en la prestigiosa y reservada zona norte de la ciudad, esta vez había optado por algo distinto. Había organizado el evento en otra de sus propiedades, una finca privada situada en una zona estratégicamente elegida, no precisamente en el norte, sino en un sector donde podía mantener un control absoluto de todo lo que sucediera. Allí, hasta el aire que se respiraba pasaba primero p

