Tarde en Italia La luz del atardecer teñía de cobre los cristales del hospital, y Luna salió del trabajo con el ceño fruncido y los auriculares colgando del cuello. Aceleró el paso con la mochila al hombro. Iba directo a visitar a Emilia. Pero apenas cruzó la esquina, el instinto se le encendió como una alarma: dos autos negros, aparcados en paralelo, con los vidrios ahumados y el motor aún caliente. ¿Qué carajos...? Frunció aún más el ceño. Su primer pensamiento fue uno solo: Léonel. El maldito. El idiota. El engreído que la besaba como si tuviera derecho y después desaparecía como un espectro, mandando favores como quien tira migajas. Respiró hondo. O no. Tal vez solo contenía el humo que ya le ardía en la garganta. — ¿Qué se cree este idiota? — Gruñó en voz baja, y sin pensarlo do

