Natalia había sido reubicada a un ala más aislada, con menos guardias en su puerta y un ambiente que, aunque seguía siendo hostil, le ofrecía algo de calma. Ya no trabajaba con la misma intensidad de antes, le habían reducido las horas y el peso de las tareas, casi como si aquellos hombres hubieran entendido que un nuevo ser crecía dentro de ella y que, de alguna manera, conservarlo tenía un valor. Las noches eran el momento más difícil. El silencio la envolvía, roto apenas por el viento helado que golpeaba las ventanas y el crujido metálico de las puertas. Era entonces cuando se refugiaba en su único consuelo: su bebé. Se tumbaba lentamente sobre el catre duro, apoyaba ambas manos sobre su vientre redondeado y comenzaba a hablarle, como si esas palabras pudieran atravesar la piel y llega

