— Bienvenida. — La voz de Yuri fue firme, profunda, pero no tan fría como Natalia había esperado. Había en su mirada un destello de cordialidad medida, como quien ofrece una mano sin dejar de vigilar el filo de la otra. Natalia bajó la mirada por un segundo antes de sostenerlo, agotada aún por el largo trayecto. El aire helado de Rusia le mordía la piel, y la presencia de ese hombre imponente, dueño de una calma inquietante, le recordaba que ahora estaba en terreno completamente desconocido. — Gracias… — Respondió con cautela, midiendo cada palabra, insegura de cómo debía dirigirse a él. Yuri asintió despacio, evaluándola sin disimulo, aunque sin rudeza. — No tienes nada de qué preocuparte. Aquí estarás segura. — Dijo, como si supiera lo mucho que ella necesitaba escucharlo. Un silenc

