La mansión estaba en silencio, como si el castigo ejecutado horas atrás hubiera arrastrado también los sonidos de la noche. Mikhail estaba en el balcón del piso superior, una copa de coñac en mano, la vista fija en la niebla que empezaba a envolver los jardines. Desde allí podía ver el portón aún entreabierto, como una herida. El auto blindado que se llevó a Violetta ya no estaba. Tampoco quedaba rastro de sus gritos, ni del eco de la cachetada de su padre. Todo había quedado atrás. Pero no para él. No se movía. No pensaba hablar con nadie más esa noche. A su espalda, la puerta de su habitación permanecía entreabierta. Sabía que Natalia dormía al otro lado. O fingía dormir. No importaba. No le dio la espalda al paisaje. No suspiró. Solo bebió otro trago. La guerra silenciosa ya hab

