Habían pasado ya más de cuatro meses desde que Mikhail empezó su purga. Cuatro meses en los que la sangre se volvió su lenguaje y el miedo su estandarte. Uno tras otro, sus enemigos fueron cayendo sin oportunidad de levantarse, como piezas de ajedrez derribadas por una mano que no titubeaba. Lo que siempre había sido un nombre respetado ahora era un monstruo invencible: Mikhail Orlov no perdonaba, y sus golpes eran tan precisos como despiadados. Los ancianos del consejo, hombres que durante décadas habían gobernado desde la comodidad de sus sillones dorados, temblaban al escuchar su nombre. Sabían que enfrentarse a él era una sentencia de muerte. Pero lo que estaba haciendo… no tenía precedentes. Ya no se trataba solo de venganza, era algo mucho más profundo: un ajuste brutal de cuentas,

