Nicholas Dos meses pasaron volando antes de que me diera cuenta. La vorágine de cirugías, reuniones interminables sobre un nuevo proyecto de investigación y una clase de anatomía me tenían al límite de mi resistencia. El cansancio era tal que a ratos me preguntaba si el sueño que tenía era por agotamiento o si, de verdad, el café ya no hacía efecto. Quería dormir por días... o desaparecer. Eran las ocho de la noche, y aunque el hospital comenzaba a aquietarse en algunas áreas, yo aún tenía un último deber antes de dar el día por terminado: supervisar a los internos en la guardia. Los casos nunca dejaban de llegar, y como jefe de residentes, era mi responsabilidad asegurarme de que los nuevos médicos no solo no cometieran errores graves, sino que tamb

