Capítulo 1
El taller de la facultad siempre olía a una mezcla de madera vieja, óleo y aguarrás. Para Alba, ese aroma era lo más cercano a un abrazo que le quedaba en el mundo. A sus veinte años, el lienzo blanco era el único lugar donde no tenía que dar explicaciones, el único rincón donde su voz, siempre apagada por la timidez, podía gritar a través de los colores. Desde que sus padres habían fallecido en aquel accidente tres años atrás, la soledad se había convertido en su sombra más fiel. Había aprendido a vivir con un nudo constante en la garganta y con la certeza de que, si un día desaparecía, nadie se daría cuenta. Su estrategia era simple: pasar desapercibida, ser tan invisible como el polvo que flotaba en el aire del salón.
Aquella tarde de otoño, el cielo se había teñido de un gris plomizo y triste que amenazaba con una tormenta. Alba estaba concentrada en los últimos detalles de un cuadro, ajena al ruido de los demás estudiantes que recogían sus cosas de prisa para marcharse a casa. Ella no tenía prisa. Nadie la esperaba en su pequeño y frío apartamento de la periferia. Su única compañía eran los recuerdos y esa fragilidad que sentía en los huesos cada vez que miraba sus manos manchadas de pintura. A veces se sentía justo así, como una pieza de porcelana fina que se había agrietado y que se mantenía unida por puro milagro.
—¿Te quedas otra vez hasta el cierre, Alba? —preguntó Tomás, el anciano conserje, asomando la cabeza por la puerta con un manojo de llaves tintineando en su mano.
—Solo un poco más, Tomás. Quiero terminar de mezclar estas sombras antes de que se me vaya la luz natural —respondió ella con una sonrisa suave, de esas que apenas le iluminaban los ojos.
El anciano asintió con compasión. Conocía su historia y sabía que esa chica buscaba refugio en el arte.
—No te tardes mucho, muchacha. El barrio se pone feo cuando cae la noche. Cerraré la puerta trasera, sal por el frente cuando termines.
El silencio regresó al enorme salón con la fuerza de una ola. Alba suspiró y volvió a clavar la mirada en su pintura. Intentó concentrarse, pero de repente, el aire del taller se sintió extrañamente denso. Un escalofrío repentino le recorrió la columna vertebral, erizándole la piel por debajo de su suéter holgado. Dejó el pincel sobre la paleta de madera, con el corazón dándole un vuelco inexplicable. Era esa sensación otra vez. Ese presentimiento constante de tener unos ojos clavados en su nuca, observándola con una intensidad que casi podía quemar.
Se giró lentamente, mirando hacia los grandes ventanales de cristal que daban a la callejuela lateral. No había nadie. Las ramas desnudas de los árboles se agitaban con el viento, proyectando sombras alargadas sobre las paredes del taller. Alba se frotó los brazos, tratando de convencerse de que era solo su imaginación, el cansancio acumulado y el peso de su propia mente solitaria. Sin embargo, el pecho le dolió por el miedo sordo que empezaba a echar raíces en ella. Limpió sus pinceles de prisa, guardó sus cosas en la mochila y decidió que era hora de huir de ese lugar.
Al salir del edificio, el frío de la noche la golpeó en el rostro. La ciudad ya encendía sus primeras luces de neón, reflejándose en los charcos de agua de la acera. Alba caminó a paso rápido, abrazando su mochila contra el pecho como si fuera un escudo. El viento soplaba con fuerza, despeinando algunos mechones de su cabello castaño. Sentía una angustia extraña, un presentimiento que le oprimía el corazón a cada paso que daba hacia la parada del autobús.
Lo que Alba no sabía, lo que ni siquiera alcanzaba a imaginar en su dolorosa rutina, era que al otro lado de la calle, envuelto por la oscuridad total de un callejón, un automóvil n***o de cristales blindados permanecía estacionado con el motor encendido en un ronroneo casi imperceptible.
Dentro del vehículo, la atmósfera era gélida, silenciosa y cargada del aroma amargo del tabaco. Alfredo no apartaba los ojos de ella. Ni un solo segundo.
A sus treinta años, Alfredo era un hombre que controlaba los hilos invisibles de toda la ciudad. Alto, de hombros anchos y con una musculatura imponente que infundía temor con solo ver su silueta, era el tipo de persona a la que nadie se atrevía a mirar a los ojos dos veces. Su piel blanca estaba marcada por cicatrices de batallas pasadas y por tatuajes de tinta negra que subían por sus brazos y trepaban por su cuello, perdiéndose justo debajo de la mandíbula. Alfredo era la personificación del peligro, un hombre frío, calculador y letal que había olvidado lo que significaba sentir algo parecido a la piedad.
Hasta que la vio a ella.