Capítulo 7

630 Words
El silencio que quedó en el taller tras la huida de Mateo era tan espeso que Alba podía escuchar el eco de su propia respiración acelerada. Los dedos de Alfredo seguían presionando con una suavidad firme y posesiva la marca rojiza de su clavícula, manteniéndose ahí como un recordatorio de que él dictaba las reglas. Ella deseaba con todas sus fuerzas apartarlo de un manotazo, gritarle que lo odiaba, pero su cuerpo no respondía. Había algo en la cercanía de ese hombre imponente, en el calor que desprendía su piel tatuada, que la dejaba completamente desarmada. ​Alfredo la observaba con una intensidad que le recorría el alma. Disfrutaba de su temblor, no por sadismo, sino porque sabía que cada latido desbocado de la chica era una respuesta directa a su presencia. ​—Mírate —susurró Alfredo, y su voz rústica rozó los labios de Alba—. Estás temblando como un pájaro herido. ¿Tanto te asusto, pequeña? ​—Usted... usted no tiene derecho a hacer esto —logró articular Alba con un hilo de voz, con los ojos empañados por las lágrimas que se negaba a dejar caer frente a él—. Entró a mi casa, amenazó a mi compañero... Me está asfixiando, Alfredo. Déjeme en paz. ​Al escuchar su nombre salir por primera vez de los labios de la joven, los ojos oscuros de Alfredo brillaron con un destello salvaje. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en su rostro. Se inclinó un poco más, eliminando la última distancia que los separaba, obligando a Alba a respirar el aire cargado de su perfume varonil y tabaco. ​—¿Dejarte en paz? —Alfredo soltó una risa baja que vibró directamente en el pecho de la chica—. Ya te lo dije, mi porcelana. Es demasiado tarde para eso. Podría quemar esta ciudad entera si alguien intenta apartarte de mí. Lo que yo marco, me lo quedo. Y tú llevas mi tinta en la piel desde el primer día que te miré. ​Con un movimiento pausado pero ineludible, Alfredo bajó la mano de su cuello y la deslizó por el brazo de Alba hasta llegar a su mano derecha, la cual todavía sostenía el pincel con el que pintaba sus sombras. Sus dedos grandes y ásperos se entrelazaron con los dedos finos y delicados de ella, forzándola a soltar el instrumento de madera, que cayó al suelo con un golpe seco. El contraste físico era explícito: la b********d rústica de un hombre de mundo frente a la pureza limpia de una estudiante de arte. ​Alba intentó cerrar el puño, pero el agarre de Alfredo se volvió más firme, no lo suficiente para lastimarla, pero sí para demostrarle que cualquier intento de resistencia era inútil. Sin embargo, en medio del pánico que le atenazaba el estómago, una extraña corriente eléctrica la recorrió por completo. El calor de la mano de Alfredo no era el frío de la muerte que ella imaginaba; era un fuego abrasador que empezaba a derretir el invierno que llevaba dentro desde la muerte de sus padres. Ese contacto prohibido, ese roce íntimo con el peligro, la hacía sentirse extrañamente viva por primera vez en años. ​—Suélteme... por favor —pidió ella, aunque su propia voz sonó traicionera, carente de la fuerza necesaria para convencerlo. ​—Mírame a los ojos y dime que de verdad quieres que te suelte, Alba —desafió Alfredo, fijando su vista oscura en las pupilas dilatadas de la joven—. Dime que no sientes esto. Dime que prefieres volver a tu soledad, a tu apartamento frío donde nadie te espera, a ser esa sombra invisible por la que nadie daría un centavo. Dime que prefieres eso a estar conmigo. ​
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