WILFREDO La despegué, coloqué dinero en la mesa y la saqué fuera del establecimiento. No estaba enojado, estaba avergonzado. — ¡Oiga amargado, mis hamburguesas se quedaron ahí! —ella se quejó. — ¡Me vale un ocho sus hamburguesas! ¿Usted piensa que soy un juego? —le susurré, exaltado—. Acaba de embarrarme todo de su asquerosidad, tomé dinero para que se coma las hamburguesas que quiera y yo me voy. — No, no se vaya —me imploró. — Sí me voy, estoy hecho un asco, me voy. En el forcejeo de no se vaya y me quiero ir, ella logró quitar uno de mis guantes. Cubrí mi mano como pude y me subí a mi auto sin dudarlo, ni siquiera me despedí y me fui sin pensarlo dos veces de ese lugar. Llegué al Sunrise con prisa, para asearme y prepararme para el show de esta noche. Llegó el momento de c

