Las fuertes pisadas resuenan sobre el metal, los pasos fuertes y firmes hacen temblar el piso alrededor. El viento entra por la compuerta, caliente, asfixiante. El sol daña los ojos y la arena que ha lanzado el viento yace extendida como un océano amarillento. Los granos hacen resbalar mis botas. Me aferro con fuerza al rife mientras sigo el sendero que marca el cabello rojo de Almenara frente a mí. Corremos hacia el aéreo deslizador mientras Almadía grita algo que el ruido de los motores no me permite escuchar, igual que el te quiero de Marian, pero los labios de Almadía son imposibles de leer, se mueven rápido, escupen gotas de saliva que reflejan el sol mientras caen. Es como tratar de leer el poema de mi madre escrito sobre aquel papel viejo. Nadie nos dice qué pasa. La alarma sigue gr

