—¡Pido la muerte!—decía Behar sintiendo como el cuchillo se adentraba con delicadeza dentro de la herida de la bala. Kerem jugueteaba con la filosa punta dentro de la herida enterrando y haciendo movimientos circulares con su mano como si se tratara de un destornillador. La carne estaba siendo machacada por el filo y dentro de lo que fue una pequeña herida, aunque sangrante, se formó un círculo de al menos siete centímetros de diametro de carne molida, sangre y pronto, se vería el hueso. Behar estaba sudoroso, con el rostro rojo y añorando a los cielos la muerte. Kerem ni siquera había empezado, estaba jugando con él y divirtiéndose como lo haría un niño jugando al doctor. El turco sacó el cuchillo de su pierna y luego, limpió la sangre con su camisa blanca. Parecía un carnicero. Perma

