Abrí los ojos cuando escuché el sonido del despertador y negué con la cabeza.
—Maldito hijo de puta.-dije a pesar de que sabía que nadie podía escucharme.
Pero el idiota de Lombardi había cumplido su promesa. Negué con la beza y me levanté de la cama.
Había tenido el mejor fin de semana de toda mi vida y no solo lo decía por el sexo sino, porque Lombardi sabía cómo hacer feliz a una chica.
Viajamos por casi toda Roma en helicóptero, fuimos a los mejores barby restaurantes. Además de que visitamos Santorini.
No sabía que necesitaba conocer un lugar hasta que llegamos a ese hermoso paraíso. Todo fue perfecto, por primera vez me había sentido libre, había sentido que no tenía ninguna responsabilidad.
Y sobre todo por qué Lombardi no me conocía.
Pero como dicen en las películas. La vida continua y los sueños no duran para siempre.
Hoy iniciaba en mi trabajo de niñera. Mi objetivo era conocer a la familia de mi futuro esposo y a él, para saber si funcionaría lo nuestro o no, para saber si el casarme con él valdría la pena.
Suspire y negué con la cabeza cuando las gotas de la ducha comenzaron a resbalar por mi cuerpo.
Desde pequeña supe que el estar casada por amor tenia que estar tachada de mi lista ya que para mi familia los hijos y nietos solo somos un negocio más y lo sé porque a mi madre le pasó, a mi tía y a mi prima, esperaba ser la excepción.
Pero no mi abuela tenía mejores planes para mí o eso me decía.
Di la vuelta y comencé a enjabonar mi cuerpo.
Según mi familia yo era una especie de oveja negra, siempre hice lo que quise y nunca seguí reglas y entonces¿Porqué seguirlas ahora? ¿Porque darles el gusto? Fácil me gustaba el dinero y ser una mantenida era mejor que estar sin dinero y sin trabajo.
Intente estudiar diseño de modas, pero el dibujo no era lo mío, me fui por maquillaje, pero resulta que me estresa la gente, también probé ser abogada, pero casi hago que perdieran un juicio por mi culpa.
En mi frente tenía tatuada la palabra fracaso.
Así que mi abuela hizo lo que mejor sabía hacer mandar y me obligó a ir a una escuela para señoritas, en donde aprendí hablar otros idiomas además nos dieron clases de modales y de cocina.
Asombrosamente no queme la cocina y descubrí que si tenía una habilidad. Estudié para ser chef un tiempo, después la escuela me aburrió y decidí que la fiesta era lo mío aunque a mis padres no les agradará la idea.
Por ello es que la abuela dio mi mano sin mi consentimiento, pensando que sería mejor estar cada a ser una vagabunda.
Suspire pesado y termine de ducharme.
Medite mucho las cosas hasta que me amenazaron con quitarme el dinero y las tarjetas entonces por ello quise hacer ese pequeño acuerdo con ello.
Además siempre quise estar infiltrada en algo, sentir la emoción de que te descubran por algo que has hecho.
Salí del baño y me puse mi uniforme. Era bonito, tenía que aceptarlo, el color vino me sentaba bien por el color de piel que tenía, me hacía verme menos pálida.
Termine de arreglarme y salí de mi habitación.
Si había algo que amaba era la puntualidad. Un don que no muchas personas tienen.
Camine por el pasillo del hotel y al llegar al elevador la puerta estaba apunto de cerrarse cuando alguien lo detuvo para mí.
—¡Gracias! —dije un poco agitada ya que había corrido un par de metros y el deporte y yo no éramos amigos.-levante la vista y al comprobar de quién se trataba mi acompañante no pude evitar sonrojarme. El solamente me dedico una de sus sonrisas matadoras.
—Así que aquí te quedabas. —dijo y asentí.
—Pero intuyo que no era un secreto. - volvió a sonreír.
—No tenía idea, no me la paso investigando a la gente. —asentí aunque algo me decir que estaba mintiendo.
—¿Te vas?—dije al ver que llevaba una maleta y al segundo me arrepentí. No debía importarme lo que hiciera.
—Tengo un negocio que cerrar. asentí y permanecí callada el resto del viaje.
Al llegar a la planta baja y una vez que las puertas se abrieron iba a salir, pero me tomo la mano. Mi cuerpo respondió a su agarre y yo rápidamente zafe mi mano.
—¿Te puedo ver una vez que termine?- quería gritarle que si, pero negué con la cabeza.
—Lo siento hoy inicia mi nuevo trabajo y es de planta solo tengo libres los domingos. —dicho eso seguí mi camino. Dejándolo sin siquiera responder, me odie por eso, pero también sabía que esto había sido únicamente sexo y diversión por un fin de semana.
Al llegar al estacionamiento un taxi ya me estaba esperando, así que camine a dónde esté se encontraba y al subir al auto di la dirección.
Minutos después el taxista aparco en el lugar y yo me quedé con la boca abierta.
La casa de Angelo era mucho más grande de lo que había imaginado, sentía como si estuviera en un palacio.
Al bajar del auto camine a dónde se encontraba una reja toque el timbre y de inmediato me atendieron.
—¡Buen día! Soy Diona Mancini.—no pude decir más ya que en ese instante la puerta se abrió. Suspire y comenzé a caminar.
El patio era enorme y la entrada a la casa mucho más.
Yo siempre decía que casas de este tipo no existían, que solo pasaban en las películas, pero ir caminado por el pasillo era increíble.
Me sentía como Mía Thermopólis en el diario de una princesa.
Después de admirar el paisaje un carro de golf se estacionó frente a mi.
—Señorita Mancci. —dijo una mujer de aproximadamente unos 50 años a lo cual asentí.
—Acompañeme porfavor. —hice caso y me subí al otro lado del pasajero. Cuando estuve dentro dio vuelta y manejo hasta la casa.
El patio delantero estaba adornado de columnas grandes con flores al rededor, el camino prácticamente era pasto a excepción de dos metros en donde me imagino que entraban y salían los vehículos.
Había árboles por todas partes y en el centro a mano izquierda había una pequeña fuente.
Era realmente hermosa.
Bajamos del carrito y la señora me condujo a la entrada principal al abrir la puerta casi me desmayo.
El salón completo era de mármol. Tenía un gran candelabro colgando del techo y sobre las escaleras caía una alfombra roja tal cual un castillo de Disney.
—Wow. —dije y la señora giro a verme.
—Soy Asteria. Ama de llaves de la casa Fiore.
—Un placer. —dije he hice una pequeña reverencia ella me sonrió.
—La señora me dijo que tus deberes en casa han cambiado. —hice una mueca.
—¿Disculpe?—dije un tanto apenada ya que no sabía la razón ni cuál sería mi tarea dentro de la casa.
—Tienes un excelente currículum así que no seras cocinera, estás bajo el cuidado de Atenea y Aura las hijas de Eris la hija mediana de la familia. —hice una mueca odiaba a los niños y no les tenía ni un poco de paciencia. Prefería la cocina.
Iba a protestar cuando dos niñas pequeñas bajaron de las escaleras y se pusieron frente a mi. Ambas hicieron una reverencia.
Una tenía aproximadamente 10 años y la otra unos 5.
La pequeña tenía los ojos rojos y no pude evitar inclinarme.
—¿Te encuentras bien? —al escucharme soltó el llanto y se abrazo de mis pies.
—Ate dice. —limpió su nariz.
—Que los príncipes no existen.—Atenea rodó los ojos.
—Pero verdad, ¿Verdad que si? —Asteria se me quedó viendo y me incline a ella.
—Por su puesto que existen ellos rescatan a las princesas en apuros. —Al escucharme Aura sonrió.
—Te dije.—miro a su hermana y salió corriendo.
—No puedes decirle cosas que no son a las niñas. -escuché hablar a alguien y suspire pesado.
Al dar la vuelta me quedé congelada. Lombardi estaba parado justo de tras mío con la misma cara que yo tenía.
—¿A qué se debe tu visita? —al girar vi a una mujer alta de cabello n***o y ojos azules.
—Me mando Angelo por unos papeles. —la chica negó con la cabeza.
—¿Te dijo si venía?—negó con la cabeza sin apartar su mirada de la mía.
—Vamos al despacho. —ambos desaparecieron y yo me quedé parada sin decir palabra alguna.
—¿Estás bien? —dijo Asteria y sonreí.
—Si. —dije y ella asintió.
—Son Eros, Eris los hijos de Enmedio de la familia.
Me di un golpe en la cabeza. Acababa de tener el mejor fin de semana de toda mi vida con quién sería mi cuñado.
Acababa de llegar a Roma y la vida ya me estaba diciendo lo jodida que estaba.