Capítulo 6. El duque y el campesino

2517 Words
Después de su reunión con la reina Nadelina, la reina Brida se sintió exhausta. De las tres monarcas, ella era la más joven y la que no participó activamente en la guerra de la Alianza ya que, hasta hace poco, era solo la princesa heredera. La Corte la oprimía y asfixiaba. Ella prefería salir a recorrer los campos, arar la tierra y conversar con los pobladores. Y eso fue exactamente lo que hizo apenas regresó a su reino. Fue de inmediato a recorrer su ciudad natal, sin escolta. La gente la apreciaba muchísimo y siempre era bien recibida en sus hogares, por lo que no había nada que temer en cuanto a seguridad. Incluso se animó a usar un vestido sencillo holgado de estampas florales, dejándose el pelo suelto y libre al viento. Cualquiera que visitara su reino y la viera, pensaría que era una ciudadana más. - ¿Cómo está, doña Zaida? - ¿Qué tal el negocio, señor Ernesto? - ¡Que se mejore su nuera, Conde Luís! La reina Brida conocía a todos y a cada uno de los habitantes de la ciudad. Gozaba de tan buena memoria para recordar rostros al instante, por lo que todos se sentían muy cómodos con ella. Durante su recorrido, se dio cuenta de que estaba siendo seguida por el duque Zuberi, su prometido, con quien pronto debía contraer nupcias para cumplir con la última voluntad de su madre y fortalecer el ejército. Zuberi se encargaba de esa tarea, ya que había sido criado por Mariscales provenientes de un linaje real muy antiguo. Y es por eso que su habilidad de estratega y sangre fría lo hacían el candidato perfecto para ser el esposo de la nueva reina. Pero en esos momentos, el duque no llevaba su uniforme militar, sino iba con un sencillo conjunto de camisa y corbata, con botas de cuero y un saco que colgaba sobre sus hombros. - Si va a seguirme, al menos trata de disimularlo mejor, futuro esposo – le reprendió Brida. Aunque ella era un año mayor que él, éste la trataba como una niña pequeña. - No la estaba siguiendo, querida novia – le dijo el duque, a pesar de que desvió la mirada ya que ella dio en el clavo – solo que… también me dieron ganas de pasear. ¿No es ésta una agradable coincidencia? – al decir esto, le mostró la sonrisa más inocente que pudo formar con su boca. La reina suspiró, viendo que no le quedaba de otra más que resignarse y continuar su paseo en compañía de Zuberi. No lo odiaba. Solo que no podía corresponder a su amor porque, desde hace tiempo, su corazón latía por alguien más. Y cuando fueron a las afueras, se lo encontró. Era Zaid, un campesino que solía visitar la ciudad para vender los productos de su granja. Él y Brida se conocieron durante la adolescencia, cuando ésta se escabulló del castillo para visitar las praderas. Luego, tuvieron encuentros esporádicos y el amor floreció. Lastimosamente, su unión fue desaprobada tanto por los reyes como por los padres del muchacho. La reina Brida, al verlo, sintió cómo su corazón latía con intensidad. Todavía lo amaba, pero no podía estar con él ya que le correspondía casarse con Zuberi. Y como el duque estaba a su lado, fingió que no lo conocía. Solo se acercó a él y, con una discreta sonrisa, le saludó: - Buena mañana, Zaid. ¿Cómo está la cosecha de este año? Zaid se sacó su sombrero de paja, inclinó levemente la cabeza y le respondió: - La cosecha ha ido bien, su majestad. Las tierras han sido bendecidas por la Sacerdotisa Principal del reino y la Diosa escuchó sus plegarias. Al decir esto, le mostró las hortalizas que acarreaba en un motocarro, cuyos colores intensos reflejaban la salud de las verduras. La reina Brida tomó un tomate, lo olió y se lo comió. Tanto Zuberi como Zaid pusieron expresiones de asombro, ya que la fruta aún no había sido lavada. Sin embargo, la reina los calmó diciéndoles: - Es más sabrosa una fruta recién cosechada. Además, he comido moras y duraznos así desde niña, nunca tuve problemas de estómago. - Querida, lo mejor será seguir con nuestro recorrido – dijo el duque Zuberi, mirando fijamente a Zaid con expresión neutra – no querrás interrumpir los negocios de este caballero que busca el sustento de su familia. - Sí, tienes razón – dijo Brida, volviendo a tomar a Zuberi del brazo – espero que logres buenas ventas, Zaid. - Muchas gracias, alteza. Fue un placer conversar con usted. Cuando Zaid se marchó, el rostro del duque Zuberi se ensombreció. Aunque su prometida fingía bastante bien, él sabía que ella aún seguía enamorada de ese campesino, que manchó su honor y se interpuso en su camino. Y aunque el compromiso se estableció por decisión de los padres, el duque en verdad estaba enamorado de la reina hasta el punto de que era capaz de sacrificar una nación entera solo para salvarla a ella. Si le dieran a elegir entre proteger el mundo o proteger a Brida, obvio la elegiría a ella. Pero en esa nación no se consentían los matrimonios por amor entre reyes y nobles, ya que se pensaba que el amor nublaba el raciocinio y causaba las grandes peleas maritales, políticas y sociales. Por otro lado, casarse por conveniencia garantizaba una alianza política y social, donde los dos cónyuges podían vivir sus vidas sin interferir y solo encargarse de los asuntos concernientes al matrimonio. El amor era para los plebeyos, quienes no tenían nada que perder. Hasta un burgués veía el romance como algo innecesario, ya que siempre buscaban que sus hijos mantuviesen (o elevasen) su estatus social casándose con una persona de alto poder adquisitivo. - ¿En qué piensas tanto? – le preguntó Brida - Me preguntaba qué tal le fue en su reunión con la reina Nadelina – respondió el duque, aunque no era en eso lo que pensaba. - Ah… ya veo – dijo Brida, mostrado una extraña expresión de alivio – Bueno, no conseguí que nos apoyara en fortalecer nuestra colonia, pero si logré definir los límites territoriales y proponer un acuerdo comercial. - ¿Un acuerdo comercial? - Sí. Ella mostró un gran interés en el comercio de diamantes, así es que estaríamos negociando el intercambio con equipamientos de primer nivel, de forma tal a defender nuestras tierras. ¿Qué le parece? - Eres la reina, así es que puedes hacer lo que considere correcto. - Yo solo quiero proteger a las personas de mi colonia y asegurar el bienestar del pueblo. Pero no quiero aplicar la violencia, de ser necesario. Ambos caminaron en silencio. Cada uno tenía una preocupación en sus mentes. Mientras la reina Brida pensaba en proteger su colonia, el duque Zuberi pensaba en la manera de conquistar su corazón para que no mirase a nadie más que a él. Y que su relación con el campesino se enfríe de una vez y para siempre en la sombra del olvido. ………………………………………………………………………………………………………………………………………………… Mientras tanto, la reina Jucanda estaba disfrutando de la compañía de dos de sus concubinos. Desde que mandó al rey a prisión, la reina comenzó a reclutar a varios hombres para elegir a los integrantes de su harén. Esto se solía hacer, generalmente, cuando la reina al cargo era soltera y sin ningún prometido en vigencia. La idea del método del concubinato era que, si quedaba embarazada, el concubino responsable de “plantar la semilla” se convertiría en el próximo rey consorte si nacía una niña. Es por eso que a muchos les pareció extraño que la actual reina aceptase concubinos aún con su esposo vivo, aunque se encontrase encarcelado. Y es que, al estar bajo la Doctrina, no se les permitía el divorcio ya que, según la Papisa, lo que surgió a “ojos de la Diosa” no se podía quebrantar. Pero por el intento de golpe de estado, la reina alegó que el harén sería, más que nada, para mantener las buenas relaciones entre las familias de la nobleza y la burguesía del país, asegurando que, si uno de ellos le daba la tan ansiada niña, su matrimonio con el rey encarcelado sería naturalmente anulado. Jucanda estaba segurísima de que, esta vez, tendría una niña. Por culpa de un antiguo código proveniente de los primeros tiempos en que se pobló ese nuevo continente, no podía someterse a una ecografía, pero si podía hacer un examen de ADN en caso de haber mantenido relaciones con varios hombres, para así saber quién era el padre. Y si resultaba ser el rey, tendría que seguir con él. Pero si era de uno de sus concubinos, podría anular el matrimonio y proceder a la ejecución. La diversión le duró poco porque, enseguida, recibió un mensaje de su consejero diciéndole que le llegó el informe de su hijo sobre la situación en la colonia. - Tengo algo que atender. Pero descuiden, mañana de noche podremos continuar. Cuando dejó los aposentos de los concubinos, fue a su oficina y procedió a leer detenidamente el informe del príncipe. Éste le explicó con detalle sobre los ataques de los antimonárquicos, su reunión con la condesa Yehohanan y la teoría que tuvieron ambos de que el cabecilla podría estar oculto en algún rincón del bosque. Pero cada vez que enviaban a alguien a inspeccionar esa zona del país, éste regresaba a caballo con la cabeza apoyada en sus brazos. - Estos antimonárquicos… ¡Salvajes! – masculló la reina, apretando los puños. Sabía que, antes de partir, había discutido con Rhiaim y no tuvieron tiempo de reconciliarse. Así es que, con eso en mente, decidió ayudarlo desde la distancia proveyéndole de información valiosa para su campaña. Y nada mejor que sacar dicha información del mismísimo rey, a quien lo mantuvo encerrado y encadenado por siete años, sometiéndole a torturas y violaciones con el objetivo de quedarse embarazada. Y todo ese castigo lo aplicó por haberse aliado con los antimonárquicos para llevar a cabo su conspiración. Acompañada de dos de sus inquisidores, fueron al calabozo. El lugar era oscuro y frío, con varios barrotes y prisioneros ahí adentro, todos en pésimas condiciones. Cada celda tenía de tres a cinco personas, quienes se amontonaban en el piso a dormir, junto a sus propios excrementos por no contar con baño ni sistema de desagüe. Pero el rey, debido a su estatus, tenía una celda privada. Aún así, era el más desdichado porque debía permanecer con los grilletes en sus extremidades, los cuales podían estirarse automáticamente cada vez que intentara atacar a la reina cuando ésta lo violaba. Llegaron al lugar y un guardia fornido entró a la celda, tomando al prisionero del brazo y obligándolo a levantarse. Lo que antes era un hombre apuesto y gallardo, ahora era un famélico, desnutrido y de barba extremadamente larga, llena de insectos y restos de comida podrida. Los inquisidores procedieron a traer una mesa con grilletes, donde colocaron al rey para inmovilizar sus extremidades. El guardia que lo levantó tomó una espada y, de un tajo, le cortó la larga barba para dejar al descubierto su abdomen. La reina, ante una señal, hizo que los inquisidores le arrancaran los harapos que llevaba de ropa, deshilachando la tela hasta dejarlo completamente desnudo, a merced de sus torturadores. Una vez hecho esto, el rey dijo: - Teniendo a hombres más apuestos y perfumados allá arriba, ¿te atreves a hacerlo con un mugroso prisionero? ¡Nunca entenderé tus fetiches, mujer! La reina ignoró el comentario y, en su lugar, hizo otra señal al guardia para que le trajera una vela encendida. Éste obedeció y, al colocársela en sus manos, ella lo situó al vientre de su marido en posición vertical, diciéndole: - He sido muy benevolente con usted, querido esposo, al mantenerlo con vida. Pero estos siete largos años me han quitado la paciencia. Así es que dime, ¿Quién es el cabecilla de la organización, a quien acudiste para perpetrar el Golpe de Estado? - N… no sé de qué me hablas, maldita perra – le dijo el rey, intentando sonar valiente, aunque temblaba de miedo - ¿Por qué no te marchas a follar con tus concubinos, derrochando el dinero del pueblo en tus asquerosas orgías? La reina inclinó la vela, haciendo que la cera recién caliente y derretida se cayese en el vientre expuesto de su marido. El ardor le hizo gritar y temblar, mientras forcejeaba contra los grilletes que hirieron sus muñecas y tobillos más de lo que ya estaban. - ¡Ups! ¡Se me cansó el brazo! – dijo la reina, mientras mostraba una sonrisa cínica al disfrutar de torturarlo - ¿Sabes? Mandé a nuestro querido hijo, Rhiaim, a batallar en la Colonia. Pero aún es un bebé, me necesita. Y es por eso que estoy aquí. ¿No puedes responderme esa sencilla pregunta? Solo hazlo por él, ¿sí? Volvió a colocar la vela en posición vertical y, esta vez, la situó a la altura del pecho. El hombre entendió lo que esto significaba: por cada vez que él se negara a responder su pregunta, ella le vertería cera derretida de abajo hacia arriba, hasta alcanzar la zona del rostro. Así es que, antes de que la inclinase de nuevo, dijo una sola palabra: - ¡Keisha! La reina retiró la vela. Cuando el rey creyó que ya había terminado, ella hizo una señal a los inquisidores para que colocaran la tabla en posición vertical. La tortura aún no terminaba y, aunque logró sacarle una valiosa información de su boca, aún tenía que hacerle mover esa discreta lengua. - Te tardaste siete años en responder, ¿No? – dijo la reina, con ironía – A no ser que de verdad estés disfrutando de esto. Y luego dices que yo soy la de los gustos raros. - Ya… te dije… lo que tenías… que saber… - murmuró el rey, respirando hondo para paliar el ardor de la cera que aún permanecía en su cuerpo – por favor, déjame… marcharme… - No hasta saber el padre de esta niña – dijo la reina, palpándose el vientre – considérame benevolente, que hasta te mandé una sacerdotisa para salvar tu alma de las llamas del infierno. Y la Diosa quiera que sea tu hija porque ay de ti si solo me has servido para darme varones inútiles y cobardes. Y ahora que ya me has dicho ese nombre, dime… ¿Dónde se esconde? ¿Qué planeaban hacer juntos tras el Golpe de Estado? ¿También planean ir contra la Doctrina? ¿Quiénes fueron sus cómplices? Los inquisidores trajeron unas cajas repletas de herramientas de tortura, cada una para infringir daño en distintas zonas del cuerpo: manos, pies, dedos, pezones, genitales… la reina tomó uno, que parecía un dedal, pero con púas en su interior y que, al colocarse en el dedo gordo del pie, podía girarse para hacerlo sangrar. - Veremos hasta dónde aguantas – murmuró la reina, mientras ampliaba cada vez más su sonrisa.
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