Capitulo 02

1869 Words
Benedict Montgomery ​Alistair siempre fue un imbécil, pero nunca imaginé que fuera un suicida de tal calibre. ​La vi salir del hotel como si el edificio estuviera en llamas. La seda verde esmeralda de su vestido ondeaba tras ella, una mancha de color vibrante contra la frialdad del mármol del vestíbulo. A pesar de la palidez de su rostro y de las lágrimas que adiviné en la distancia, su belleza seguía siendo devastadora, una mezcla de inocencia quebrada y una fuerza que ella misma aún no comprendía. Mis puños se apretaron hasta que los nudillos me blanquearon. El instinto de ir tras ella y destrozar a quien le hubiera causado ese gesto de dolor fue casi superior a mi rancio sentido de la etiqueta. ​Yo la conocía. O mejor dicho, la había estado acechando desde las sombras durante el último año y medio, como un coleccionista que admira una obra de arte que sabe que, tarde o temprano, terminará en sus manos. Ella jamás me había visto; yo me había asegurado de ser una sombra, un nombre mencionado en susurros en las cenas familiares a las que ella asistía del brazo de mi sobrino. La vi por primera vez en una fotografía que Alistair dejó sobre su escritorio, presumiendo de su "pequeña genio". Pero la foto era un insulto. No capturaba el brillo de sus ojos verdes, ni esa inteligencia eléctrica que parecía emanar de sus poros. ​La observé en secreto durante meses. La vi de lejos en un par de galas benéficas, manteniendo la distancia para no asustarla. Me dediqué a estudiar su fisonomía con una fijación que rozaba lo insano. Evangelina no era simplemente "bonita". Tenía una belleza clásica, pero con una sensualidad terrenal que resultaba explosiva. Su cuerpo era una contradicción fascinante: menuda y delicada de estatura, pero con unas curvas voluptuosas que el vestido verde esmeralda de esa noche apenas lograba contener. Tenía unos pechos firmes que desafiaban la gravedad, una cintura estrecha que mis manos anhelaban rodear y unas caderas anchas que prometían una rendición absoluta en la intimidad. ​Cada vez que la veía caminar, con ese balanceo natural y elegante, sentía un tirón en la boca del estómago. Su piel parecía de porcelana, tan blanca y pura que me preguntaba cuánta presión de mis dedos morenos necesitaría para quedar marcada para siempre. Supe de su esfuerzo sobrehumano para graduarse en dos años, de sus noches en vela, de su mente brillante que funcionaba a una velocidad que Alistair jamás alcanzaría. Se había convertido en mi obsesión silenciosa, en la mujer que yo quería no solo en mi cama, sino a mi lado, dirigiendo mi imperio. Me alejé por un retorcido sentido de lealtad familiar, esperando que el idiota de mi sobrino no la arruinara. Pero hoy, el muy bastardo la había traicionado de la forma más vil. Y yo no iba a desaprovechar la oportunidad de reclamar lo que siempre supe que debía ser mío. ​La seguí. Mi chofer mantuvo la distancia mientras su pequeño sedán se adentraba en las calles menos ostentosas de la ciudad. Cuando se detuvo frente a aquel bar de jazz oscuro y bohemio, supe que Evangelina Hayes era exactamente la mujer que yo imaginaba: alguien que buscaba refugio en la autenticidad cuando el lujo falso la asfixiaba. ​Entré al local sintiendo que mi presencia desentonaba con el ambiente, pero el poder tiene esa forma de adueñarse de cualquier espacio. La vi sentada en la barra, encorvada sobre un vaso de whisky. La luz tenue del bar jugaba con los reflejos dorados de su cabello rubio, que caía en ondas sobre sus hombros desnudos. Me senté a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que desprendía su cuerpo. El olor de su perfume me golpeó los sentidos: era una mezcla de jazmín, vainilla y algo puramente femenino que me hizo tensar la mandíbula. Era exquisita. De cerca, su belleza era aún más hiriente. Sus labios eran carnosos, pintados de un rojo que ahora estaba corrido por el llanto, dándole un aspecto de vulnerabilidad que despertaba mis instintos más primitivos de protección y posesión. ​Ella se tensó de inmediato, girando el rostro hacia mí con una mezcla de sorpresa y sospecha. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo. Pude notar cómo se dilataban sus pupilas al detallar mi porte, mi estatura le sacaba casi dos cabezas y la musculatura que mi traje a medida no lograba ocultar del todo. Su mirada se detuvo un segundo de más en mis manos, donde los tatuajes asomaban bajo los puños de mi camisa de seda, antes de encontrarse con mi mirada. ​—¿Qué hace usted aquí? —preguntó, con una voz que intentaba ser firme pero que traicionaba su dolor—. ¿ por qué me ha seguido? —Sé exactamente quién eres, al menos la verdadera tu —dijo, y su voz era un barítono profundo que vibró en el aire—. Sé que terminaste una carrera de cinco años en dos. Sé que eres la mente más brillante que ha pisado esa casa en décadas. Y sé que lo que acabas de ver en ese hotel no es algo de lo que una mujer con tu coeficiente intelectual se recupere simplemente llorando en un bar de mala muerte. ​Ella se puso rígida, sus nudillos blanqueando alrededor del vaso de whisky. La tela verde de su vestido se tensó sobre sus pechos con cada respiración agitada, y tuve que obligarme a mantener los ojos fijos en los suyos para no perderme en su escote ​—No me respondió. ¿Por qué me siguió? ​—Tengo una propuesta para ti. Una que te dará la libertad que tanto ansías para tu carrera y que pondrá a mi sobrino de rodillas, suplicando un perdón que no le darás. ​Ella soltó una risa amarga, una chispa de cinismo asomando en su mirada verde. —¿Una propuesta? ¿De un extraño que aparece en un bar a medianoche? ​—No soy un extraño, aunque tú nunca me hayas visto. Soy Benedict Montgomery —vi el momento exacto en que reconoció el nombre. El shock la dejó sin palabras por un segundo—. Y mi propuesta es simple cásate conmigo. Firma un contrato por dos años. ​Evangelina parpadeó, incrédula. Sus labios se entreabrieron, y por un momento solo pude pensar en lo que se sentiría probarlos. —¿Casarme con usted? Es el tío de mi prometido. Es... es una locura. ¿Por qué haría algo así? ¿Qué gana un hombre como usted? ​—A cambio de esos dos años, tendrás todo lo que Alistair pretendía quitarte —continué, inclinándome un poco más hacia ella. Pude ver el vello de sus brazos erizarse ante mi cercanía—. Te daré una casa para ti, y otra para tus padres en la zona que elijas. Ellos jamás volverán a trabajar un solo día de sus vidas. Y tú... tú serás analista senior en mi firma principal. Te dedicarás a la economía, a lo que amas, con recursos ilimitados. Sin que nadie te diga que debes quedarte en casa siendo un florero. ​Vi cómo su mente prodigiosa empezaba a trabajar. Sus ojos escanearon mi rostro, buscando la trampa. Era tan inteligente que resultaba excitante. ​—¿Y usted? —insistió ella—. Un hombre como Benedict Montgomery no ofrece fortunas por caridad. ¿Cuál es su beneficio real? ​Mentí con la frialdad que me ha hecho ganar millones. —Necesito estar casado para obtener un título de propiedad internacional que requiere un estado civil estable por protocolo británico para una de mis inversiones más grandes en Europa. Eres la candidata perfecta: inteligente, discreta y ya estás vinculada a la familia. Es un negocio, Evangelina. Nada más. ​Era una falacia absoluta. No necesitaba ningún título. Lo que necesitaba era tenerla bajo mi techo, con mi apellido, legalmente atada a mí. Quería dos años para que olvidara a Alistair, para que viera que yo era el hombre que podía estimular su mente y satisfacer su cuerpo. Quería enamorarla, pero sobre todo, quería poseer cada centímetro de esa piel de porcelana y esas curvas que me estaban volviendo loco.​—Piénsalo —añadí, levantándome de la banqueta antes de que mi autocontrol se rompiera. Su aroma me estaba nublando el juicio—. Tienes mi número en la tarjeta que dejé junto a tu copa. No dejes que mañana sea el error que destruya tu carrera y tu dignidad. ​Me alejé hacia la salida, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda. Cada fibra de mi ser me pedía que regresara, que la tomara del brazo y la subiera a mi coche allí mismo. Pero la paciencia era mi mejor arma. Estaba a punto de cruzar la puerta cuando escuché su voz, clara y cortante, elevándose sobre la trompeta del jazz. ​—¡Espere! ​Me detuve y giré la cabeza. Ella estaba de pie, la luz del bar resaltando su silueta voluptuosa, su vestido verde esmeralda brillando como una joya en la oscuridad. Tenía la barbilla en alto y un fuego verde en la mirada que me prometió noches de gloria. ​—Acepto —dijo ella—. Pero quiero el contrato por escrito ​—Lo tendrás —asentí, permitiéndome una sonrisa casi imperceptible de puro triunfo—. Un auto te recogerá a las ocho. Prepárate, Evangelina. Tu vida acaba de cambiar. ​Salí del bar sintiendo que la sangre me hervía. Le ordené a mi chofer que se quedara allí, vigilándola desde la distancia hasta que ella decidiera irse a casa. No podía permitir que nada le pasara, no ahora que ya era mía por palabra. ​Llegué a mi ático y me quité la ropa con movimientos bruscos, tirando la camisa de seda al suelo. Mi cuerpo estaba en llamas, en un estado de excitación que no recordaba haber sentido jamás. Entré en la ducha, dejando que el agua caliente golpeara mis hombros tensos, pero no sirvió de nada. Cerré los ojos y, de inmediato, su imagen me asaltó. La vi sentada en la barra, con ese vestido que resaltaba sus caderas y la forma en que sus pechos subían y bajaba con su respiración agitada. ​No pude evitarlo. Mi mano envolvió mi m*****o, moviéndose con una urgencia que me arrancó un gruñido profundo que resonó en el baño de mármol. Imaginé que era ella quien estaba allí conmigo, atrapada entre la pared y mi cuerpo, gimiendo mi nombre mientras mi piel morena contrastaba con su blancura. Imaginé mis manos recorriendo sus curvas voluptuosas, apretando sus nalgas mientras la tomaba con la fuerza que me había contenido durante dieciocho meses. La imagen de ella debajo de mí, entregada y gimiendo de placer, me hizo apretar los dientes hasta que finalmente llegué al clímax, gruñendo su nombre en la soledad del baño. ​Mañana empezaría el juego. Y Evangelina Hayes no tenía idea de que acababa de entrar en una red de la que yo nunca, bajo ninguna circunstancia, la dejaría escapar.
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