Capitulo 03

1690 Words
Evangelina Hayes El primer rayo de sol atravesó la cortina entreabierta, hiriéndome los ojos. Me desperté de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas, como si hubiera estado corriendo en sueños. Pero la pesadilla real no había terminado; estaba a punto de comenzar. Me quedé inmóvil, mirando el techo de mi habitación, sintiendo el peso de la traición de Alistair y Sloane aplastándome el pecho. No había dormido más de tres horas en toda la noche; el resto del tiempo lo pasé repasando cada detalle de lo que vi en aquel baño, cada gemido, cada palabra despectiva de Alistair hacia mí. Me incorporé lentamente. El vestido de novia blanco, de encaje francés y seda, colgaba del perchero como un fantasma expectante. Sentí una náusea instantánea al mirarlo. Ese vestido representaba la vida que Alistair quería para mí: la de una esposa trofeo, callada y complaciente, mientras él buscaba fuego en otros brazos. Me levanté y fui directamente al baño. Necesitaba ducharme, necesitar quitarme la sensación de suciedad que sentía pegada a la piel. Dejé que el agua caliente me golpeara la espalda, restregando mi cuerpo con una furia mecánica, deseando poder borrar los últimos dos años de mi vida. Cuando salí de la ducha, me envolví en una toalla y volví a la habitación. No me puse el pijama. En su lugar, abrí el armario y saqué unos pantalones de tela negros de corte impecable, una blusa de seda blanca que resaltaba mis ojos verdes y unos tacones altos. No era ropa de novia; era mi uniforme de guerra. Me vestí rápido, con movimientos precisos. Me maquillé ligeramente, lo justo para ocultar las ojeras, y me peiné el cabello rubio en una coleta alta y tirante. Cuando terminé, me senté en el borde de la cama, mirando cómo el sol terminaba de salir, iluminando la habitación que pronto dejaría atrás. Estaba allí, sumida en mis pensamientos, cuando la puerta se abrió de golpe. Mi madre entró, radiante, con una sonrisa que me pareció un insulto a mi dolor. —¡Oh, mi amor! ¡Estás despierta! —exclamó, acercándose a mí con los brazos abiertos—. Qué alegría. Alistair acaba de llamar, suena tan emocionado... nos informó que las maquillistas y las peinadoras que él contrató ya vienen para acá. Llegarán en veinte minutos, Eva. Por favor, arréglate. Vamos a desayunar juntos, tu padre ya está preparando el café. Es tu gran día. Me quedé mirándola, sintiendo que el mundo se inclinaba. Su felicidad era tan genuina que me dolió. —No —dije, y mi voz sonó extrañamente calmada, desprovista de emoción—. No me voy a casar, mamá. Mi madre se detuvo a medio camino, su sonrisa congelándose en su rostro. Parpadeó, como si no hubiera entendido bien mis palabras. —¿Qué? ¿Qué dices, cariño? Son los nervios. Es normal, yo también estuve a punto de salir corriendo antes de casarme con tu padre, pero... —No son nervios —la interrumpí, poniéndome de pie. Mis piernas temblaban, pero mi voz era firme—. No va a haber boda. Llama a quien tengas que llamar, pero yo no me pongo ese vestido. Mi madre retrocedió un paso, la palidez cubriendo su rostro. Se acercó a mí con cautela, como si yo fuera un animal herido. Intentó acariciarme el rostro con su mano libre, pero me alejé de su toque, dando un paso atrás.—No estoy asustada, mamá —dije, sintiendo que la rabia empezaba a burbujear bajo mi piel—. No tengo una crisis. No estoy nerviosa. Simplemente... no me voy a casar con Alistair Montgomery. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de nuevo. Mi padre entró en la habitación, con dos tazas de café humeante en las manos. A aún vestía su pijama de franela gastada, pero su rostro se transformó al ver la expresión desencajada de mi madre. —¿Qué pasa? Traje café para las dos... —su voz se apagó al notar la tensión en el aire—. ¿Marta? ¿Por qué lloras? —¡Nuestra hija! ¡ nuestra hija dice que no se va a casar! —sollozó mi madre Mi padre dejó las tazas sobre la cómoda con un golpe sordo. Se paró frente a mí, y por primera vez, no vi al padre protector, sino al hombre que veía su mayor logro desmoronarse. —¿De qué estupidez estás hablando, Evangelina? Alistair Montgomery te ha dado todo. ¿Vas a tirar un año y medio de relación por un capricho? —¡No es un capricho! —grité—. ¡Él solo me quiere como un adorno! Sacrifiqué mi juventud para graduarme en dos años, hice exámenes extraordinarios, dormí poco y estudié mucho para ser alguien por mí misma. ¡Y no voy a dejar que me encierren con un hombre que me desprecia! —¡Basta! —mi padre golpeó la cómoda—. ¡No quiero escuchar ni una palabra más! Prepárate. Es una orden. Miré a mis padres y supe que en esa casa ya no había espacio para mí. En ese momento, mi teléfono vibró "El coche está afuera. Benedict". —. Me voy. Pasé por su lado antes de que pudiera reaccionar. Salí de la habitación, escuchando los gritos de mi madre y la sentencia final de mi padre desde el umbral: "¡Evangelina! ¡Si sales por esa puerta, no regreses! ¡Esta humillación...! ¿Cómo es posible que le vayas a hacer esto a Alistair?". No respondí. Bajé las escaleras y salí a la calle. Allí estaba el Maybach n***o imponente. El chofer me abrió la puerta y, en cuanto me deslicé dentro, el silencio me envolvió. Apagué las llamadas incesantes de Alistair y los mensajes cínicos de Sloane. El auto me llevó hasta la torre de cristal de Benedict. Subí por el ascensor privado y, cuando las puertas se abrieron, el impacto fue inmediato. Benedict estaba allí, de pie frente al ventanal. Al girarse para verme, sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Si anoche me había parecido intimidante, hoy, bajo la luz cruda de la mañana, era devastador. Era muchísimo más alto que yo, una mole de músculos compactos y poder que hacía que mi pequeño cuerpo se sintiera ridículamente frágil en su presencia. Su piel era de un moreno claro perfecto, suave pero masculina, que contrastaba de forma violenta con la blancura impoluta de su camisa de seda. Tenía las mangas remangadas, dejando a la vista sus antebrazos poderosos cubiertos de tatuajes oscuros que se perdían bajo la tela. No pude evitar recorrer con la mirada su físico era alto, musculoso pero con una elegancia atlética, nada excesivo, simplemente imponente. Su rostro era una obra maestra de ángulos duros y masculinidad pura, coronado por ese cabello marrón perfectamente peinado. Pero lo que más me desarmó fueron sus ojos de un marrón tan intenso y penetrante que parecían quemar. Era un hombre magníficamente atractivo, de una manera que hacía que Alistair pareciera un dibujo inacabado. —Puntual —dijo, y su voz profunda vibró en el aire, provocándome un escalofrío que recorrió toda mi columna.—Siéntate —ordenó. Su voz no admitía réplicas. Era la voz de un hombre acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamientos. Me senté en el sofá de cuero, sintiendo su mirada fija en mí como un peso físico. Me entregó la carpeta de piel negra.—Lee el contrato. Abrí el documento, pero me costaba concentrarme con él tan cerca. Benedict se sentó en el sillón frente a mí, cruzando sus largas piernas. Su presencia llenaba toda la habitación, emanando un magnetismo que me resultaba aterrador y fascinante a partes iguales. Mis ojos saltaron a los números: una casa para mí, otra para mis padres, manutención y el puesto de analista senior. Era el negocio de mi vida. —¿Dos años? —pregunté, esforzándome por mantener la vista en el papel y no en la línea de su mandíbula o en la intensidad de sus ojos marrones. —Dos años —confirmó él—. Después de eso, eres libre. No serás una ama de casa, Evangelina. Quiero tu inteligencia en mi empresa. Pero frente al mundo, serás mi esposa. Mi teléfono volvió a vibrar sobre la mesa con el nombre de Alistair, seguro mis padres lo habían llamado Benedict miró el aparato y luego me miró a mí, con una chispa de diversión cruel y una posesividad que me hizo contener el aliento. —Él no va a dejar de llamar —dijo Benedict, inclinándose un poco hacia adelante. Su cercanía me permitió oler su perfume: sándalo y éxito—. Hasta que se dé cuenta de que la mujer que creía dominar se ha ido con el hombre al que más teme. Sentí un calor súbito subir por mi cuello. Estaba asustada, sí, pero estar cerca de Benedict despertaba algo en mí que nunca había sentido con Alistair. Era una atracción eléctrica, una mezcla de miedo y deseo por este hombre que parecía un gigante comparado conmigo. Recordé a Alistair en el baño y mi mano dejó de temblar. Tomé la pluma de plata y firmé con firmeza. Evangelina Hayes. —Ya está —dije, cerrando la carpeta. Benedict se levantó con una gracia felina y se acercó a mí. Su altura era realmente abrumadora cuando estaba de pie a su lado. Extendió una mano y, con una suavidad inesperada que contrastaba con su aspecto rudo, recorrió mi mejilla con sus dedos. Su piel morena contra la mía provocó una descarga eléctrica que me dejó sin habla. Sus ojos marrones estaban oscuros, clavados en los míos, como si estuviera reclamando cada parte de mi alma. —Bienvenida a la familia Montgomery, Evangelina —susurró, y su aliento rozó mi oído—. Ahora, prepárate. Vamos a darle a mi sobrino la sorpresa de su vida. Apagué el teléfono bajo su mirada atenta. Estaba aterrada por lo que acababa de hacer, pero mientras miraba a este hombre tan magníficamente atractivo y peligroso, supe que no había vuelta atrás.
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