Evangelina Hayes
El roce de la seda contra mis piernas se sentía como una caricia fría mientras el auto se deslizaba por las calles iluminadas de la ciudad.
A mi lado, mi padre no dejaba de sonreír, una expresión de triunfo que no había abandonado desde que anunciamos el compromiso hace tres meses. Para él, este no era solo el ensayo de una boda era la validación de toda una vida de carencias.
—Mírate, Eva... —susurró, tomando mi mano con una ternura que me apretó el pecho de culpa—. Esto es lo que siempre soñé para ti. Una vida donde el esfuerzo de tus estudios se traduzca en paz, en seguridad. Alistair es un buen hombre. Te adora, hija.
Asentí, tragándome el nudo de honestidad que quemaba en mi garganta.
Mi padre veía la culminación de su sacrificio yo veía el inicio de mi desaparición.
Llevábamos apenas un año y medio de relación, un tiempo que al principio fue un torbellino de flores, atenciones y promesas que me cegaron. Alistair siempre había sido impecable conmigo. No había gritos, no había desplantes. Al contrario, me trataba como si fuera la joya más rara de su colección.
El problema era que yo no quería ser una joya. Yo quería ser la mano que manejara el tesoro.
Me había graduado de Economía en tiempo récord. Lo que a otros les tomaba cinco años, yo lo logré en dos a base de exámenes extraordinarios, noches en vela y un agotamiento que casi me cuesta la salud.
Lo hice por mis padres, para que no tuvieran que pagar tres años más de una universidad que les estaba drenando los ahorros, y lo hice por mí, para entrar al mundo laboral cuanto antes.
Mi inteligencia era mi única moneda de cambio, mi único boleto de salida de la humildad de nuestro barrio. Y ahora que finalmente tenía mi título y un puesto como secretaria el cual veía como el primer peldaño de una gran escalera corporativa, Alistair quería que lo soltara todo.
"Mi amor, no necesitas cansarte en una oficina", me había dicho la semana pasada con esa voz aterciopelada que empezaba a sonar a mandato silencioso. "Cuando nos casemos, tu único trabajo será ser feliz, decorar nuestra casa y acompañarme. Eres demasiado hermosa para desperdiciarte entre números y estrés".
Esa frase, dicha con tanta dulzura mientras besaba mi mano, había sido el principio del fin de mi amor por él. Él no amaba mi mente, amaba el marco que mi cuerpo le daba a su vida social.
Me veía como un accesorio brillante, no como la mujer que había memorizado tratados de macroeconomía mientras otros salían de fiesta.
Llegamos al hotel. El lujo era abrumador, casi asfixiante. Las columnas de mármol y las lámparas de cristal que colgaban del techo como estalactitas de luz me recordaban que este mundo no era el mío. Al bajar, Alistair ya estaba allí, esperándome.
Lucía impecable en su traje de corte inglés, su figura delgada y alta destacando entre los invitados. Se acercó y me rodeó la cintura, atrayéndome hacia él con esa delicadeza que siempre me hacía sentir protegida, pero que ahora empezaba a sentir como una correa de seda.
—Estás preciosa, mi vida —susurró sobre mis labios antes de darme un beso suave. Sabía a champán caro y a una seguridad que yo ya no compartía—. Ven, quiero presentarte a unos socios de mi tío. Quiero que todos vean a la mujer que me ha hecho el hombre más afortunado.
Caminamos por el salón. Alistair era el anfitrión perfecto. Me presentaba con orgullo, tomaba mi mano, me preguntaba si quería algo de beber. No me hacía sentir menos frente a los demás; me hacía sentir reina, pero una reina de ajedrez una pieza poderosa que solo se mueve bajo la voluntad del jugador, yo no quería eso para mí aunque era el camino que había tomado.
A lo lejos, vi a Sloane. Mi mejor amiga de toda la vida, la que me había visto llorar de frustración durante las semanas de exámenes finales. Nos abrazamos con fuerza.
—Eva, Dios mío, esto es un sueño —dijo ella, separándose para mirarme con sus ojos marrones, que brillaban con una intensidad extraña mientras escaneaba el lugar—. Mira este hotel... mira a Alistair. Todo este lujo es para ti. Ya puedes dejar de preocuparte por el dinero para siempre.
—A veces el precio de no preocuparse por el dinero es demasiado alto, Sloane —respondí en voz baja, sintiendo que el aire se volvía pesado.
Ella era un poco más alta que yo, de constitución más robusta, y hoy lucía un vestido que resaltaba su figura de una forma que parecía querer competir con el brillo de la sala.
—No digas tonterías. Disfrútalo por las que no tenemos esa suerte —me guiñó un ojo y luego miró hacia donde Alistair hablaba con unos hombres mayores—. Voy al baño, linda. Demasiado champán para mi sistema. No me tardo.
Me quedé sola un momento, observando a mis padres. Estaban radiantes, riendo con una copa de vino en la mano. Me sentí una traidora por no estar saltando de felicidad.
¿Cómo iba a ser feliz siendo una "ama de casa" a los veinte años, después de haberme esforzado tanto por demostrar mi valor intelectual? Mi sueño era ser algo no la sombra de alguien.
De pronto, un silencio denso se filtró en la sala.
Las conversaciones bajaron de tono y las miradas se desviaron hacia la entrada principal.
Un hombre entró.
No necesitaba presentación para saber que era alguien importante. Su presencia era sísmica, una fuerza de la naturaleza contenida en un traje n***o de una elegancia letal. Era alto, mucho más robusto que Alistair, con hombros anchos que parecían llenar el espacio. Tenía el cabello marrón y unos ojos del mismo tono, pero cargados de una autoridad tan antigua y fría que resultaba difícil sostenerle la mirada.
—Es Benedict —escuché murmurar a una mujer cerca de mí—. El hombre más rico del país.
Me quedé helada.
Se veía joven para su estatus, quizás unos treinta y seis años, y desprendía un aura de peligro y magnetismo que me hizo dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
Tomé una copa de la bandeja de un camarero y me la bebí de un solo trago. Estaba nerviosa.
Necesitaba un segundo para respirar. La presión de la boda, la mirada intimidante de aquel hombre que acababa de llegar y el peso de mi futuro me estaban asfixiando. Fui hacia el pasillo de los baños, buscando la soledad de las baldosas blancas y el silencio
Escuché los sonidos antes de llegar al final del pasillo. Gemidos ahogados, el golpe rítmico y húmedo de dos cuerpos chocando. La puerta de un pequeño salón de descanso, justo al lado del tocador de damas, estaba entreabierta
Sloane estaba de espaldas contra el lavabo de mármol, con la cabeza echada hacia atrás y el vestido levantado hasta la cintura. Y Alistair, mi cariñoso, dulce y "perfecto" prometido, la embestía con una urgencia que nunca había mostrado conmigo. Sus manos, las mismas que me habían jurado amor eterno, apretaban los muslos de mi mejor amiga con una posesividad brutal.
—Oh, Alistair... —jadeó Sloane, sus ojos cerrados en un éxtasis que me resultó repugnante.
—Eres tan distinta a ella... —susurró él, y el tono de su voz me dio náuseas—. Tan... carnal. Eva es tan... correcta. Necesitaba esto antes de encerrarme con ella.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Las lágrimas empezaron a caer, calientes y ácidas.
¿Mi mejor amiga? ¿El hombre que me decía "mi amor" frente a mis padres hace diez minutos? No era solo la infidelidad; era la traición de los dos pilares de mi vida. Me di cuenta de que su trato "bonito" no era amor, era condescendencia.
Quería una esposa trofeo que no cuestionara su autoridad en casa mientras él buscaba fuego en otros brazos.
Retrocedí, chocando contra la pared. La rabia, una rabia gélida y pura, empezó a desplazar al dolor.
Me di cuenta de que mi esfuerzo, mis exámenes extraordinarios, mi inteligencia... nada de eso le importaba a él. Solo era un trámite para su imagen.
Salí de allí antes de que pudieran verme. Crucé el salón a paso rápido, ignorando a mis padres, ignorando el lujo, ignorando a Alistair que acababa de salir del pasillo recomponiéndose el traje.
Llegué al valet, tomé las llaves de mi auto y conduje con la visión nublada.
No fui a casa. No podía soportar la mirada de ilusión de mi padre. Fui a un pequeño bar de jazz cerca del hotel, un sitio oscuro con olor a madera vieja y tabaco, donde la música suave ocultaba los fracasos de la ciudad. Me senté en la barra y pedí un whisky. Doble. Sin hielo.
—¿Mañana? —susurré para mí misma, mirando el líquido ámbar—. Mañana se supone que iba a entregarle mi vida a un mentiroso.
Sentí el peso de alguien sentándose en la banqueta de al lado. No miré. Pero el aroma que lo acompañaba era demasiado distinguido para este bar sándalo, cuero y una nota metálica de poder absoluto.
Giré la cabeza y me encontré con esos ojos marrones penetrantes.
—¿Qué hace usted aquí? —pregunté, mi voz saliendo más afilada de lo que pretendía, a la defensiva—. ¿por qué me ha seguido?
Me miró con una calma que me hizo sentir pequeña e inmensa al mismo tiempo. Sus manos eran grandes, y al inclinarse, pude ver los tatuajes que asomaban bajo los puños de su camisa de seda blanca: algo oscuro y tribal que subía por su antebrazo, contrastando salvajemente con su imagen de magnate
—Sé exactamente quién eres, al menos la verdadera tu —dijo, y su voz era un barítono profundo que vibró en el aire—. Sé que terminaste una carrera de cinco años en dos. Sé que eres la mente más brillante que ha pisado esa casa en décadas. Y sé que lo que acabas de ver en ese hotel no es algo de lo que una mujer con tu coeficiente intelectual se recupere simplemente llorando en un bar de mala muerte.
Me tensé, el corazón martilleando contra mis costillas. ¿Lo sabía? ¿Él también los había visto y no había hecho nada?
—No me respondió —insistí, aferrando mi vaso—. ¿Por qué me siguió?
Benedict se inclinó más hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una forma que me hizo contener el aliento. Sus ojos marrones, tan intimidantes y llenos de una sabiduría oscura, bajaron por mi rostro antes de volver a clavarse en los míos.
—Alistair es un niño jugando con fuego —sentenció Benedict con una frialdad letal—. Quiere encerrarte en una cocina porque le aterra que el mundo descubra que eres mil veces más capaz que él. Yo no tolero el desperdicio de talento, Evangelina. Ni tolero que alguien con mi apellido sea tan estúpido como para perder a una mujer como tú por un polvo rápido en un baño.
Se acercó un poco más, tanto que pude sentir el calor que desprendía su cuerpo musculoso.
—Tengo una propuesta para ti. Una que te dará la libertad que tanto ansías para tu carrera y que pondrá a mi sobrino de rodillas, suplicando un perdón que no le darás.
¿Su sobrino?
¿Benedict era el tío de Alistair?