16. Sueños.
Hank.
—¿Puedes quedarte quieto? —Autumn me pregunta por lo que se siente como la octava vez.
Cierro una última vez los compartimentos de la guantera de mi coche. Autumn me mira de reojo mientras yo lucho contra la sensación asfixiante de verla manejar por horas mientras me quedo a su lado sin poder hacer nada.
Nunca había pasado tanto tiempo en el asiento del copiloto y la sensación es… desesperante.
—¿Cuánto falta para que lleguemos? —le pregunto.
—Poco —es su escueta respuesta.
—¿Poco como una hora? ¿O poco como la mitad del camino?
—Poco —se limita a repetir.
Joder.
Ella se ríe, así que dejo escapar un gruñido mientras, sin mucho éxito, intento concentrarme en la carretera.
—Pensé que ya te habrías acostumbrado a quedarte quieto. Llevas semanas con la tibia fracturada, ¿y aún te desesperas cuando no tienes nada por hacer?
—No estoy acostumbrado al ocio.
—Acéptalo, vaquero, también estás nervioso por la cita con el psicólogo.
—No estoy nervioso por la cita, ya quiero terminar con estos malditos episodios de sonambulismo —le soy sincero—. Anoche volví a tocarte y no puedo recordarlo.
—Sólo me agarraste las bragas.
—¿Sólo…? —Sacudo la cabeza, preguntándome cómo puede normalizarlo, como si fuera un evento más del montón, cuando para mí encabeza los mejores momentos de mi vida.
—Beck y Lia llegarán antes del cumpleaños de Cass —me dice minutos después, sospecho que en un intento de distraer mi mente.
Cuando no respondo nada, añade:
—Beck y Cass parecen muy entusiasmados.
Es el primer cumpleaños que pasarán como padre e hija. Sospecho que ese día Cass estará más con él que conmigo. No me opondría; entiendo la necesidad que Beck tendrá de reconectar con mi hija. Sin embargo, no puedo negar que siento un poco de… celos.
Como no quiero hablar sobre ello, cambio el tema de conversación.
—¿Trajiste ropa?
—Mmm… —es evasiva con la respuesta—. No entiendo por qué tenemos que quedarnos a dormir en Dallas. Podemos volver hoy mismo.
—No voy a tenerte conduciendo doce horas en un solo día, Autumn.
Ya me mata lo suficiente verla conducir un trayecto tan largo para llegar a la ciudad; someterla a lo mismo para volver a casa hoy es algo que ni de chiste le permitiría.
—Nos conseguí una suite de lujo.
Mis palabras deben sorprenderla, porque ella frena bruscamente y gira el rostro en mi dirección por un corto segundo que sólo refleja incredulidad.
—¿Suite de lujo?
—¿Qué tiene?
—Sólo… suena exagerado, Hank.
Siempre que viajo a la ciudad, suelo quedarme en los mejores hoteles. Al principio era sólo presión de Becket; después de todo, eran viajes de trabajo que entraban dentro de la nómina. Luego me fui acostumbrando. Pero, si soy sincero, esta vez fui especialmente cuidadoso al escogerlo.
Si bien estoy corto de dinero —porque prácticamente todos mis ahorros serán para Autumn—, quería darle lo mejor, porque… ¿por qué diablos no?
Le daría el puto cielo si pudiera.
—Tiene dos habitaciones —le aclaro, para que no piense mal—. Y un jacuzzi.
Eso parece emocionarla.
—Nunca he estado en un jacuzzi.
—Es… bastante relajante.
—¿Más que una piscina?
Sonrío ante su entusiasmo infantil.
—Más que una piscina, amor —asiento, prestándole toda mi atención mientras la veo asimilarlo.
Ella sigue manejando, pero ahora está sonriendo.
A veces olvido que Autumn no conoce mucho más allá del pueblo. Bueno, ha ido a esas excursiones con Wells, pero como suelen ser a pueblos aledaños y en medio de la naturaleza, no creo que haya visto los lujos que la ciudad puede ofrecerle. Lo que me lleva a preguntar:
—¿Has venido antes a Dallas?
—He venido con mi abuela —asiente—. Más que nada a comprar cosas para las tartas. Productos que le salen más económicos en la ciudad que en el pueblo, como la harina en costales y demás. Pero nunca nos quedábamos por fuera.
—¿Hacían turismo?
—Un poco, sí —me sonríe, recordando—. Nana puede ser muy divertida.
—Me imagino.
Nos sonreímos y volvemos a un cómodo silencio.
En momentos como estos recuerdo lo joven que ella realmente es. Aunque tenga la sabiduría y las heridas de alguien mucho mayor, a Autumn todavía le falta tanto por experimentar, tanto por aprender de sí misma. Y, joder, quiero tanto eso para ella. La oportunidad de vivir la vida como le gustaría.
Es tan especial que estoy seguro de que, a donde sea que llegue, terminará enamorando a las personas que la rodeen.
—No te di las gracias.
—¿Por qué? —me pregunta.
—Por mentir y decir que venías a una cita con el médico —le digo.
—Bueno, ahora corre el rumor de que tú me dejaste embarazada —se burla—. Pero mejor eso que exponer tu secreto.
—¿Qué?
—¿No lo sabías? —pregunta, mientras yo parpadeo, confundido—. ¿Qué más crees que diría la gente al saber que eres tú quien me acompaña? Pero no te preocupes, en un par de meses se darán cuenta de que es mentira… o pensarán que me deshice del regalito.
—Puto infierno —maldigo, sintiendo cómo me tenso de pies a cabeza.
—¿Qué pasa? —pregunta mientras abro la ventanilla para respirar aire fresco. Doy golpecitos al techo de la camioneta en mi intento por calmarme, pero lo cierto es que no puedo.
—¿Cómo puedes preguntarme qué pasa?
Es tan ajena al motivo de mi rabia. Para ella es tan normal que la gente ensucie su nombre, que un chisme más parece no tener importancia.
Pero a mí sí me importa.
—No es gran cosa —me dice al ver que sigo igual de tenso.
Ella va a hacer que me pelee con medio pueblo, ¿no es cierto?
No agrego más, no tiene sentido. Intentar cambiar su mentalidad y decirle lo muy poco dispuesto que estoy a permitir que sigan ensuciando su nombre no serviría de nada. Así que me callo, cierro los ojos y pienso en las mil y una formas en las que estoy dispuesto a demostrarle que ya no está sola.
Nunca más.
|…|
Después de salir del consultorio, me siento un poco más ligero. No voy a mentir y decir que fue una experiencia que cambia vidas, porque sé que superar mi trauma por la paternidad de Cass y mi matrimonio con Loretta será un camino largo. Sin embargo, tengo fe en que encontré al psicólogo adecuado y que cada terapia me acercará más al hombre que quiero ser… y más lejos del hombre que quiero dejar atrás.
—¿Cómo te fue? —pregunta Autumn cuando salgo, poniéndose de pie de inmediato para acercarse.
Como en la última semana he estado apoyándome en una sola muleta, me estiro hacia su mano y entrelazo nuestros dedos. La sensación es extraña. Creo que es la primera mujer con la que hago algo así. Antes de Loretta sólo tuve encuentros casuales. Y con Loretta definitivamente nunca tuve algo tan simple como esto.
Autumn parece tan concentrada en mi respuesta, tan ansiosa por lo que va a salir de mi boca, que no se percata de nuestras manos entrelazadas.
Mientras avanzamos hacia el ascensor, le digo:
—Hasta ahora empezamos. Sólo expuse mi caso y programamos los horarios para tener las consultas en línea.
—Oh —asiente, mirándome expectante, esperando que le cuente más.
—Casi le da un infarto cuando le conté que, al principio, cuando me quedaba en la casa grande, le pedí a Rose que me encerrara en la habitación en la que dormía para evitar salir a hacer desastres.
Como lavar mis zapatos con azúcar.
—¿Está mal?
—Muy mal, al parecer… —acaricio mis pulgares sobre sus nudillos. Ella sigue concentrada en mi rostro, esperando más información. Lo pienso un momento, meditando qué más decirle—. Me prohibió el alcohol y acostarme excesivamente cansado. Debo tener horarios estables de sueño y tomar medidas de seguridad en casa, como no dejar objetos punzantes cerca.
—Eso ya lo he hecho.
—¿Lo hiciste?
—Escondo todos los cuchillos de la cocina en el gabinete que tiene llave, ¿no lo habías notado?
Cuando ve que no respondo, que sólo me quedo mirándola fijamente, porque ella me asombra, se sonroja.
Entonces, agrega:
—Aunque ambos sabemos que no te levantas a buscar nada afilado… más bien lo contrario.
—Tus bragas… —cuando el ascensor se detiene en un piso y entra más gente, empujándonos más al fondo, susurro contra su oído—. Y tu v****a.
Ella tose, su sonrojo intensificándose, pero sus ojos brillan con diversión.
—¿Cuándo mejorarás? —pregunta bajito, sólo para mí.
—No lo sabe. Puede tardar meses… o años.
Pero tengo la esperanza de que no sea la segunda opción.
Una pregunta que me hizo el terapeuta sigue rondando en mi cabeza.
¿Qué es lo que más teme hacer mientras duerme?
Hacerle daño, sin dudarlo.
Me asfixia la idea de poder lastimar a Autumn.
Creo que nunca me lo perdonaría.
Tengo que mejorar.
Tengo que hacerlo.
|…|
De alguna forma, convenzo a Autumn de hacer un poco de turismo después del almuerzo.
Es casi mágico verla experimentar la ciudad. Ella se divierte en cada lugar al que llegamos, desde los murales llenos de arte —en donde se toma demasiadas fotos— hasta los parques repletos de naturaleza, donde el aire se siente mucho más puro.
Aunque he venido a la ciudad por negocios y alguna vez hice un poco de turismo cuando me desocupaba, siento que estoy viéndola por primera vez a través de sus ojos.
No sé en qué maldito momento ella me puso en la palma de su mano. Sin embargo, sé cuándo empezó. Fue años atrás, cuando en su presencia encontraba una paz que había olvidado que existía. Pero no era sólo paz lo que ella me daba. Autumn me hacía sentir… vivo. Sacaba reacciones de mí tan viscerales, tan desde dentro, recordándome que, de hecho, seguía vivo. Aunque mi matrimonio se sintiera como el puto purgatorio.
Aun así, en las últimas semanas siento que todo ha ido mucho más allá.
Llevo años conociendo a esta mujer, pero antes no la conocía como ahora. He logrado ver esas partes suaves de su corazón que esconde debajo de toda su dureza. He visto las lágrimas que se escapan de su fortaleza. He visto la parte aniñada, malcriada y soñadora que guarda muy en el fondo.
Y, joder, me fascinan cada uno de sus colores y texturas.
Lo quiero todo para ella, incluso si eso significa enviarla lejos de ese pueblo que parece empeñado en opacarla.
—Me preguntaba… —empiezo cuando nos sentamos en una banca a comernos un cono de helado—. ¿Lia sabe que diseñas?
Autumn me mira durante largos segundos, en silencio, como si mi pregunta fuera lo último que esperaba escuchar salir de mi boca.
—¿Qué?
—Tus diseños… ¿se los has mostrado a Lia?
—Nadie sabe que diseño, Hank —me dice, un poco tensa—. Te lo dije, es un pasatiempo tonto. Algo que no tiene sentido.
No me parece que no tenga sentido.
Me parece que ama hacerlo.
La veo casi todas las tardes o noches, sentada en el sofá mientras yo trabajo en la mesa, diseñando y jugando con todos esos colores y trazos que dibuja en su computadora.
Sólo… parece haber olvidado que tiene permitido soñar.
Que sus sueños valen una pelea.
Que ella vale la pena.
—Autumn, yo… —no sé cómo carajos decirle lo que lleva días rondando por mi cabeza, pero necesita saberlo—. Tu mejor amiga tiene contactos. Ella se codea con gente realmente importante del mundo de la moda en Londres.
—Hank…
—Escúchame —le pido, tomando el helado de sus manos para obligarla a mirarme—. Sólo… muéstrale. Cuéntale. Confía en alguien con tus asuntos importantes, con tus sueños. No estás sola. Sé que puede parecer jodidamente imposible soñar cuando todo el mundo a tu alrededor te hace sentir que no vales la pena. Pero no es cierto. Sí lo vales.
Nos miramos fijamente durante varios segundos, hasta que ella desvía la mirada, nerviosa, dejando escapar una risita que me rompe un poco el corazón.
—¿Londres? —pregunta, incrédula—. ¿De qué rayos me estás hablando? Eso queda en otro puto continente, Hank.
—Lo sé muy bien.
—Apenas y llego a fin de mes. Voy a mudarme a Dallas con un futuro incierto. Además, lo haré con tu puto dinero. ¿Y ahora tú me estás diciendo…?
Sacude la cabeza, negando.
¿Ella sabe quién es Lia Callahan?
Sólo basta una búsqueda en Google para saber con quién se codea Lia en Londres. Aunque Becket ya me lo había dicho una vez, la curiosidad me ganó y hace poco la busqué por mi cuenta. Y él no mintió cuando aseguró que Lia podría codearse hasta con la misma realeza inglesa. Conseguirle un empleo a Autumn en Londres sería demasiado fácil para ella.
Tan malditamente fácil.
Mis ahorros son suficientes para que Autumn pueda empezar de nuevo donde quiera. Llevo años guardando dinero para la universidad de Cassidy. Cuando Becket me dijo que él cubriría todos los gastos futuros de la carrera que ella eligiera, además del enorme fideicomiso que ya tiene a su nombre, me sentí mal. Quise negarme, pero lo último que quiero es ser egoísta con mi hija. Estaba dispuesto a guardar ese dinero para ella, incluso si es poco comparado con lo que Becket puede darle.
Pero…
Suspiro.
No soy rico, Autumn lo sabe.
Pero puedo ayudarla. Yo quiero ayudarla.
—Autumn…
—No lo hagas —vuelve a tomar su cono de mi mano. Su mirada está herida, como si acabara de romperle el corazón—. No finjas que te importo un carajo cuando probablemente sólo…
—¿Sólo qué?
—¡Sólo pareces malditamente desesperado por deshacerte de mí! —sus ojos brillan con lágrimas—. ¿No te basta con que me vaya a vivir en unos meses a Dallas? ¿Me quieres aún más lejos que eso? Porque yo no busqué esto… —señala entre nosotros—. Tú eres quien malditamente me está persiguiendo. Probablemente para sexo, para rascar una picazón, no sé.
—No es cierto.
—¿No? —inquiere, llena de rabia—. Me empujaste lejos hace ocho años, ¿lo harás también ahora una vez consigas lo que quieres?
—¿Y qué quiero? —pregunto, empezando a enfadarme también.
—¡Follarme!
¿Ella de verdad piensa eso de mí?
¿Que sólo la quiero para rascar una picazón?
¿Que es un pasatiempo?
—Claro que quiero follarte —le digo con total sinceridad—. Pero si piensas que eso es lo único que quiero de ti, entonces no me conoces en absoluto.
Busco la bolsa a mis pies, las compras que hicimos más temprano. Mis manos apartan productos hasta que encuentro lo que le compré mientras ella hacía un mandado para su abuela.
Cuando dejo la tablet de diseño sobre sus muslos —una que llevo días investigando por internet—, ella me mira con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué es esto?
—Una tablet de diseño —lanzo lo poco que queda de mi helado a la basura, ya sin hambre—. No voy a disculparme por creer en ti, Autumn. No voy a disculparme por luchar por tus sueños… incluso cuando tú misma te niegas a hacerlo.
Me pongo de pie, tomo la muleta y me meto dentro del coche.
[1/2]