"Cuando las compuertas se cerraron, nadie gritó; y eso fue lo más alarmante."
El cierre de las compuertas no fue dramático, fue peor, rutinario.
Un golpe seco, metálico, seguido por el zumbido continuo de los sellos térmicos activándose. Las luces del refugio pasaron de blanco a rojo sin previo aviso, como si el instituto hubiese decidido, de pronto, que ya no había tiempo para matices.
Kai sintió el cambio antes de entenderlo.
Estaba sentado contra la pared, con la espalda apoyada en el metal frío, tratando de regular la respiración. El dolor no había desaparecido, pero había dejado de expandirse. Ya no era una quemadura caótica: ahora estaba concentrado, profundo, recorriéndole el cuerpo con una constancia inquietante.
Ronan se arrodilló frente a él, ignorando el murmullo creciente del refugio.
—Ey —dijo, firme—. Mírame.
Kai levantó la cabeza. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando las luces de emergencia sin parpadear. Tenía el ceño fruncido, no por miedo, sino por esfuerzo, como alguien tratando de sostenerse despierto en medio de una fiebre que no terminaba de llegar.
—Estoy acá —respondió, con la voz más estable de lo que Ronan esperaba.
Alrededor de ellos, estudiantes y personal del instituto se agrupaban en silencio desordenado. Algunos lloraban sin hacer ruido, otros miraban al vacío, y varios sostenían comunicadores apagados como si insistir pudiera devolver la señal. Nadie tenía una explicación clara; solo estaba claro que la normalidad se había roto en algún punto del edificio... y que ya no iba a recomponerse.
Entonces, la voz del sistema inundó el refugio.
"Atención. Evento biológico clase Omega detectado.
Personal no autorizado: permanezca en sus posiciones.
Novagene mantiene la situación bajo control."
El mensaje se repitió dos veces más, con la misma entonación neutra. No transmitía calma; transmitía procedimiento. Y eso fue suficiente para que el silencio se tensara aún más.
Ronan apretó los dientes.
—Cuando una máquina dice eso... —murmuró— nunca es buena señal.
Kai cerró los ojos un segundo, apoyando la cabeza contra la pared. El frío del metal ya no lo sobresaltaba. Apenas lo registraba.
Y fue ahí cuando lo sintió. No fue una voz, tampoco una imagen, fue una presión interna, como un cambio de ritmo, un pulso que no venía del entorno sino de su propio cuerpo. Algo se activó con una claridad incómoda, como cuando uno se da cuenta de que el dolor ya no es una advertencia, sino una reacción tardía.
Abrió los ojos de inmediato.
—Ronan... —dijo—. Mi brazo.
La mordida estaba ahí, pero ya no como antes. La piel alrededor se había cerrado de forma irregular, aún enrojecida, pero sin sangrar. No había costra. No había inflamación normal. Era como si el tejido hubiese decidido reorganizarse sin pedir permiso.
Kai movió los dedos lentamente. No dolía. Tampoco se sentía bien.
—No entiendo —susurró Ronan, acercándose más—. Hace diez minutos estabas... —se quedó callado, buscando la palabra correcta— estabas peor.
Kai negó con la cabeza.
—Yo tampoco.
No había euforia. No había alivio. Solo una incomodidad creciente, una sensación de que su cuerpo estaba haciendo algo por su cuenta.
Un estruendo resonó en la parte superior del instituto.
El refugio vibró. Algunas personas gritaron. Otras corrieron hacia las pantallas informativas empotradas en la pared, que comenzaron a activarse al detectar el impacto. No eran monitores de control central, sino pantallas de evacuación: cámaras limitadas, diseñadas solo para orientar a civiles.
Las imágenes eran confusas, pero suficientes.
Las pantallas empotradas en la pared se activaron con un parpadeo irregular. No eran sistemas de control central, sino monitores de evacuación: cámaras de pasillos, accesos secundarios, zonas comunes. Tecnología pensada para incendios o fallas estructurales. Nunca para esto.
La imagen tardó un segundo en estabilizarse.
Pasillos cubiertos de escarcha artificial. Luces parpadeando. Sangre.
Había charcos oscuros extendiéndose por el piso, mezclados con hielo triturado, formando una pasta espesa que alguien —o algo— había arrastrado con los pies. Las paredes estaban salpicadas de rojo a distintas alturas, como si los cuerpos hubieran sido golpeados una y otra vez contra el metal.
Un cuerpo yacía cerca de una compuerta de seguridad arrancada de cuajo. Bata blanca abierta, abdomen desgarrado, intestinos expuestos y parcialmente congelados, rígidos, brillando bajo la luz estroboscópica. Más allá, otro cuerpo: un estudiante. El cráneo hundido de un costado, masa gris y rojiza pegada al vidrio del corredor. Los ojos abiertos, fijos, como si hubiera muerto mirando algo que no logró comprender.
La cámara giró sola.
Una figura se movía al fondo del pasillo. Avanzaba con torpeza, arrastrando una pierna que ya no respondía. Cada paso dejaba un rastro espeso detrás. La boca se abría y cerraba sin emitir palabras, solo un sonido húmedo, irregular.
Un grito atravesó los micrófonos del sistema, no duró más de dos segundos. La señal se cortó de golpe.
En el refugio, el silencio fue inmediato... y luego se quebró.
Alguien vomitó contra la pared, sin siquiera apartar la vista del monitor apagado. Una mujer comenzó a gritar un nombre —una y otra vez— hasta que su voz se volvió un hilo áspero. Un técnico cayó de rodillas, llevándose las manos a la cabeza, repitiendo que eso no era posible, que Novagene tenía protocolos, que esto no podía estar pasando ahí.
Ronan retrocedió hasta chocar con la pared. Respiraba rápido, superficial. Se llevó una mano al pecho, como si el aire no alcanzara.
—No... —susurró—. No, no, no...
Sus ojos se movían sin control, buscando algo que lo sacara de esa imagen. Algo que le dijera que aún había orden. No lo encontró.
Kai seguía mirando el monitor n***o, pero no sentía calma. Sentía otra cosa. Una especie de enfoque incómodo, como si el horror no lo paralizara del todo, sino que lo obligara a prestar atención. Su pulso estaba acelerado, sí, pero no temblaba.
Eso lo inquietó más que la sangre.
—Kai... —Ronan tragó saliva—. Eso era gente. Gente como nosotros.
Kai asintió, sin apartar la vista.
—Lo sé.
Ronan lo miró entonces, con una urgencia casi infantil.
—¿Por qué estás tan... quieto?
Kai tardó un segundo en responder.
—No estoy quieto —dijo—. Estoy tratando de entender qué viene después.
Antes de que Ronan pudiera contestar, los altavoces del refugio crepitaron. La voz automática del sistema llenó el espacio, demasiado clara, demasiado controlada:
"Atención. Evento biológico clase Omega detectado.
Personal no autorizado: permanezca en sus posiciones.
El Instituto Novagene mantiene la situación bajo control."
Nadie se movió.
Nadie creyó una sola palabra.
Un murmullo recorrió el refugio, bajo, tenso. Kai sintió algo cerrarse en su estómago. No por la voz en sí, sino por lo que no decía. No hablaba de evacuación. No hablaba de rescate. Solo de contención.
Ronan se pasó la mano por el rostro.
—Eso es mentira —dijo, sin levantar la voz—. Si estuvieran en control, no estaríamos viendo... eso.
Kai asintió de nuevo.
—Están ganando tiempo.
—¿Para qué?
Kai no respondió. Porque no quería decirlo en voz alta.
Un dolor punzante recorrió su antebrazo izquierdo. No como antes. No como una herida. Era interno. Breve. Intenso. Como una descarga que se apagó sola.
Kai miró hacia abajo, a la mordida.
La piel estaba cerrada. No había sangre. No había inflamación. Solo una marca violácea que se desvanecía lentamente.
Ronan siguió su mirada.
—Kai... —su voz bajó de golpe—. Tu brazo.
Kai lo observó unos segundos más, como si esperara que algo cambiara. No cambió.
—No duele —dijo.
Eso no tranquilizó a Ronan. Todo lo contrario.
Se acercó un paso, mirándolo a los ojos, no con miedo, sino con una preocupación cruda, urgente.
—Escuchame —dijo—. No me importa lo que esté pasando ahí afuera. Me importa como te sientes tú. ¿Te sientes raro? ¿Mareado? ¿Algo?
Kai buscó dentro de sí una respuesta honesta.
—No —dijo finalmente—. Me siento... despierto.
Ronan frunció el ceño.
—Eso no me gusta nada.
Kai lo miró por primera vez con una sombra de algo parecido a culpa.
—A mí tampoco.
El sistema volvió a emitir un zumbido, pero nadie le prestó atención. Afuera, algo golpeó una compuerta lejana. Una vez. Dos. Luego silencio.
Ronan respiró hondo, forzándose a mantenerse firme.
—Sea lo que sea esto —dijo—, no nos separemos.
Y mientras el refugio temblaba apenas, y el frío comenzaba a filtrarse por grietas invisibles, Kai sintió algo inesperado: no alivio, no poder... sino certeza.
El mundo que conocían se estaba rompiendo.
Y ya no había forma de fingir que Novagene podía arreglarlo.