Agnes estaba profundamente triste por separarse de Ares. La sensación de pérdida no era momentánea; se le había instalado en el pecho como un peso imposible de ignorar. Desde que se quedó sola en el aeropuerto, su mente no dejó de torturarla con escenarios posibles: ¿y si él aún sentía algo por su hermana? ¿Y si ella decidía confesar la verdad? Miles de pensamientos se agolpaban en su cabeza, robándole el aliento. Pero decidió desecharlos al mirar los anillos en sus dedos. Apretó los puños, recordando la promesa que simbolizaban. No se los quitaría, pasara lo que pasara. Con ese pensamiento como escudo, tomó un taxi rumbo a la casa de sus padres. El trayecto fue corto, demasiado corto para calmarse. En menos de diez minutos, el vehículo se detuvo frente al portón principal. Respiró hondo

