Ares permaneció abrazado al cuerpo de su esposa hasta que ambos lograron recuperar el aliento. La respiración de Agnes seguía algo entrecortada, su mejilla apoyada sobre el pecho de él, y el silencio que los envolvía tenía un extraño aire de ternura. Cuando la cordura regresó, Ares se dio cuenta de lo que acababa de ocurrir y una punzada de preocupación lo atravesó. —Perdóname si fui brusco —dijo en voz baja, acariciando su cabello—. Olvidé que era tu primera vez. Debes estar adolorida… o al menos un poco sensible. Agnes sintió cómo el rubor le subía al rostro y, avergonzada, se escondió contra su pecho sin atreverse a responder. Ares soltó una risa suave ante su reacción: aquella timidez le resultaba encantadora. La mujer que ahora se sonrojaba no se parecía en nada a la que, minutos an

