Casi se muere de la vergüenza cuando Nikolas apareció y la encontró en la cama de Ares. En ese instante comprendió que la escena podía malinterpretarse y provocar el odio de su familia. Eso sí, sería un escándalo. La encerrarían de por vida si creyeran que había pasado la noche con su ex cuñado. Él había estado cinco años con su hermana, una relación que muchos pensaron terminaría en matrimonio, pero el corazón no se manda y Alicia decidió rehacer su vida con otro.
Agnes todavía se sentía mal, pero decidió irse a su casa. Tomó las pastillas que Ares había dejado en la mesita de noche y tomó un taxi. Los empleados le recomendaron quedarse, pero no pudo. Cuando habló con Ares, solo pensaba en su sobrino y nada más, aunque reconocía que había sobrepasado límites.
Se sentía fatal. Las pocas fuerzas que había recuperado en la casa de Ares se evaporaron al llegar a su cuarto, así que tomó más medicamentos y se acostó, no sin antes pedirle a Dios que él aceptara operar a su sobrino.
Pensó en lo que podría ofrecer a cambio y creyó que una rueda de prensa para limpiar su nombre sería suficiente. Ya no le importaba dejar a su hermana como la zorra que había sido si con eso su sobrino quedaba sano. Pasó las siguientes horas imaginando la conversación que tendría con él. Ares llamó a casa; le informaron que Agnes se había ido y no la encontraron. Movió sus influencias y localizó a Agnes en un hotel cercano. Aquella mujer sí que sabía moverse.
Terminó su turno y fue a buscarla.
Estaba acostada cuando alguien tocó la puerta. Abrió pensando que vendrían a limpiar, pero la sorpresa fue mayor al encontrar a Ares en el umbral. —Disculpa que esté así, pero me siento mal —dijo ella, aun con su camisa puesta.
—Tranquila —respondió él—. No esperaba que devolvieras mi camisa. En cuanto al malestar, durará unos días más. ¿Puedo pasar?
—Perdón por mi falta de educación —masculló ella.
—Tendremos que sentarnos en la cama, no encontré una suite disponible —anunció ella con una voz que no sabía si era formal o irritada—. ¿Qué decisión tomaste?
—Cálmate y toma asiento, no quiero que te desmayes —bromeó él con una ligera ironía
—¿Tan fuerte es lo que vas a decir?
—Depende de cómo lo veas —respondió él, conteniendo el temblor.
Agnes sonrió con suficiencia. —Ya sabía que pedirías que limpiásemos tu nombre en una rueda de prensa y juro que lo haré —dijo convencida.
Él se rio al escuchar la ingenuidad en sus palabras. —¿Quién dijo que yo quería eso? —replicó—. Lo de tu hermana es imposible de borrar; aclararlo ahora sería absurdo.
—Yo no deseo recibir nada de ella —aclaró Ares—. Y lo que propones es justo lo contrario a lo que pienso.
—Es cierto que puedo salvar a tu sobrino —dijo él con frialdad controlada—. Estoy noventa por ciento seguro de que lo lograré, pero no lo haré sin algo a cambio. No voy a mentir.
Ella palideció. —¿Cómo qué?
Ares se cruzó de brazos y expuso su condición con la calma de quien pone una última ficha sobre la mesa. —Yo opero a tu sobrino solo si te casas conmigo y me das un hijo. Verás, en este tiempo lo único que he perdido he sido yo, no he formado una familia.
Ella sintió que el mundo se le caía encima. —¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre pedirme eso?
—Lo mismo pensé yo cuando viniste a pedirme que le salvara al fruto de la infidelidad de tu hermana —respondió él, con rabia contenida—. ¿No te parece egoísta y mezquino? Cualquiera diría que viniste a revivir mis demonios y a restregarme en la cara que ella siguió con su vida, sin importarle destruir la mía. ¿Quién está más loco, tú o yo?
Agnes se sintió acorralada. Tenía razón —pensó—. Solo había pensado en su sobrino y no en él ni en todo lo que pasó. —Lo siento —balbuceó—. Sé que fue cruel pedirte esto, pero ¿cómo quieres que me case con el hombre que tuvo cinco años de relación con mi hermana?
—Así como ella se casó con el hombre que supuestamente era su mejor amigo, sin importarle que estaba comprometida conmigo —replicó Ares—. No te equivoques, Agnes, esto no es una cuestión de amor sino de honor. Es todo lo que diré por ahora; lo tomas o lo dejas.
Su corazón latía con fuerza. Estaba paralizada; lo que él pedía era una locura. Su familia la mataría y quedaría mal frente a todos. Entonces lo entendió: era su venganza.
Ares la miró fijamente y ella supo lo que pensaba. Si era venganza, debía pagar por lo que su hermana le hizo. Él habló con voz temblorosa, como quien descarga algo que lo ha consumido: —¿Sabes lo que se siente enterarse de que tu prometida está embarazada de su mejor amigo el día antes de la boda? ¿Tienes idea de lo que sentí? Prácticamente, me plantó en el altar. Y encima, su familia quería que criara a ese niño.
Agnes recordó: cinco meses de embarazo, las miradas, la humillación de ser quien se quedó con la cara de idiota. —La responsable es ella, no yo —dijo—. No entiendo por qué me usarías en tus planes. Solo te pedí salvar a mi sobrino; no hay necesidad de llegar a tanto. Prometo que limpiaré tu nombre, haré que te pidan perdón de rodillas si hace falta, y después no volveremos a molestaros. Te lo juro.
Ares ladeó la cabeza y su rostro se endureció. —No vengas aquí a hacerme promesas vacías. Querías una respuesta, y ya te la di. Como no confío en tu palabra, firmaremos un acuerdo que te ate a mí de por vida. Antes de intervenir al niño, tendrás que casarte conmigo y darme al menos un hijo. Serás mi mujer con todas las de la ley. Dormiremos en la misma habitación, haremos el amor con frecuencia y si alguna vez me eres infiel, te dejaré en la calle y no permitiré que veas a nuestros hijos.
—¿Hijos? —musitó ella, aterrada.
—Es natural que quiera más de un hijo con mi mujer —respondió él con una frialdad que heló la sangre de Agnes—. Solo si aceptas mis condiciones operaré a tu sobrino.
Ella quedó inmóvil, incapaz de creer lo que escuchaba. Ares había perdido la razón. Aquello iba más allá: le pedía la vida a cambio de la vida de su sobrino.
Ella salió de su asombro cuando él cerró la puerta, se había marchado, así que corrí con su camisa, descalza y con la poca fuerza que tenía para detenerlo, ¡espera! Grité antes de que se cerrará el ascensor.