La noche había caído con una calma engañosa, una de esas en las que el aire parece más denso y cada sensación se percibe con claridad magnificada. Después de la cena, caminaron de regreso a casa en silencio, aunque no era un silencio incómodo. Agnes llevaba una mano sobre su vientre, acariciándolo de vez en cuando; Ares la miraba de reojo, sintiendo esa mezcla extraña de ternura y culpa que lo perseguía desde hacía semanas. Todo en él era un conflicto constante: su esposa estaba enamorada, ilusionada, confiada… y él intentaba mantenerse a flote en un mar de emociones que nunca terminaba de ordenar. Apenas entraron a la casa, el ambiente cambió. No hicieron falta palabras. Ares cerró la puerta y, antes de que Agnes pudiera darse la vuelta, la tomó por la cintura con una urgencia que sorpre

