Ares golpeó fuertemente el volante, tanto que el auto se movió. Estaba furioso, parecía un demonio. Sus ojos se habían vuelto rojos; la ira se había apoderado de su ser. Las venas marcadas en su cuello solo querían una cosa: tomarla entre sus manos y apretarla hasta dejarla sin oxígeno, hasta que no pudiera abrir la maldita boca ni pronunciar cualquiera de las estupideces que había dicho. ¿Cómo se le ocurría tocar su punto débil? ¿Cómo se atrevía siquiera a insinuar que él había permitido que le vieran la cara? ¿Cómo podía conocer detalles de ese tiempo que él desconocía… fechas exactas, reuniones secretas que su ex había tenido con su supuesto mejor amigo? Era demasiado. Tanto, que reaccionó de la peor manera. —Bájate de mi auto. —¿Por qué? ¿Estás loco? Yo no iré a ningún lado sin ti.

