Agnes respiró hondo antes de continuar. El silencio entre ambos era como un hilo tenso que podía romperse con cualquier palabra. —Entonces… —dijo con voz baja— mi madre, ansiosa y desesperada por ocultarlo todo, fue al clóset. Sacó un vestido de cóctel blanco, el único que podía parecer medianamente elegante, y obligó a mi hermana a ponérselo. No le importó que no fuera el vestido de novia que Alicia había elegido. Después me ordenó maquillarla, arreglarle el peinado… como si nada hubiese pasado. Agnes cerró los ojos un instante. —Y Alicia… obedeció. Como siempre. Se tragó sus lágrimas, sus miedos, sus sentimientos… y caminó hacia el altar del brazo de mi padre como si aquella verdad gigantesca no estuviera flotando en el aire. Como si esa bomba no estuviera a punto de estallar. Ares

