Ares reaccionó apenas a tiempo. Sus reflejos fueron tan rápidos que logró sostenerla antes de que su cuerpo inerte golpeara el suelo.
—Joder, eres una inconsciente —murmuró con rabia contenida.
Ella temblaba como un pollito empapado, sus labios amoratados y la piel helada. Sin perder un segundo, la cargó en brazos hasta su habitación. No había tiempo que perder. Con la precisión de un médico experimentado, le retiró la ropa mojada, sin detenerse a pensar en otra cosa más que en salvarla. La cubrió con varias mantas y subió la calefacción al máximo.
—Maldita sea la hora en que esa familia se cruzó en mi camino —masculló mientras buscaba su botiquín.
Tomó su temperatura: estaba altísima. Se pasó una mano por el rostro, agotado y frustrado.
—¿Por qué diablos tengo que atenderla? —refunfuñó—. Debería dejarla tirada o llevarla al hospital para que alguien más se haga cargo.
Pero el juramento y la ética pesaban más que su rencor. Sus manos comenzaron a moverse con seguridad, colocando suero e hidratándola. Estaba deshidratada, débil, febril. ¿Había comido algo desde que llegó a Estados Unidos? Si algo le pasaba, la prensa lo despedazaría.
Ordenó a la cocinera que preparara un té y un caldo mientras la hidratación hacía efecto. Sabía que sería una noche larga. Agnes deliraba, murmurando incoherencias sobre su sobrino entre la tos y el temblor.
Intentó llamar a Nikolas para pedirle consejo, pero su amigo no atendió. Seguro estaba ocupado con alguna mujer, pensó con ironía.
Y allí estaba él, Ares Nikolaou, el renombrado cirujano, cuidando a Agnes Makris, la hermana menor de su karma: Alicia. Si aquella mujer lo viera en ese instante, de seguro pensaría que quería vengarse. Esa idea lo hizo sonreír por primera vez en días. El diablillo dentro de él volvió a susurrar las palabras de Nikolas: “podrías usar esta historia a tu favor”.
Las horas pasaban y la fiebre no cedía. Ares comenzó a colocar paños fríos sobre su frente, retiró las mantas y la vistió con una de sus camisas para mantenerla fresca.
Agnes, entre sueños, sintió el contacto de los paños sobre su piel. Su cuerpo dolía y la cabeza le pesaba, pero poco a poco recuperó la consciencia. Al abrir los ojos, encontró a Ares sentado junto a ella, vigilando cada uno de sus movimientos. Se sobresaltó, pero enseguida recordó lo sucedido. Intentó incorporarse, aunque él la detuvo con firmeza.
—No te muevas. Necesito que estés quieta para bajar la temperatura. Falta poco —dijo con voz seria.
Ella apenas podía hablar, pero lo intentó con un hilo de voz ronco.
—No soy una niña, Ares. Sé cuidar de mí… pero no me dejaste opción. Era esto o marcharme y ver morir a mi sobrino.
Ares la observó en silencio, reprimiendo la rabia.
—Eres una inconsciente —replicó con dureza—. Viajar a un país con otro clima, sin ropa adecuada… aquí no están tus padres para cuidar de ti. Deberías aprender a hacerlo tú sola.
Agnes lo miró con cansancio, los ojos empañados por la fiebre.
—Lo haría mil veces si eso significara salvarlo —susurró—. Tal vez no entiendas lo que se siente porque aún no tienes un sobrino, pero si debo morir para lograrlo, lo haré.
Él suspiró, apartando la mirada.
—Tu inconsciencia no tiene nombre. Recupera fuerzas, y luego te marchas. No quiero que mañana digan que intenté matarte.
Sus ojos la fulminaron.
—Escucha bien, Agnes. No sé qué esperas conseguir aquí, pero lo que sea, olvídalo. Nunca accederé a tus peticiones. Es absurdo que quieras arruinar mi vida otra vez. Siempre creí que tú eras más sensata que Alicia, pero estaba equivocado. Eres igual: dispuesta a pasar por encima de cualquiera para lograr lo que quieres.
Agnes reunió valor para incorporarse, aunque el cuerpo le temblaba. El frío le recorrió la piel, y al mirarse notó que solo llevaba una camisa blanca que se le pegaba al cuerpo. Se cubrió de inmediato con una manta, avergonzada, al notar cómo Ares desviaba la vista con rigidez profesional.
—¿Quién me cambió de ropa? —preguntó con tono seco.
—Yo —respondió él sin inmutarse—. Soy médico, no un pervertido. Lo hice como profesional, no como hombre. Además, no me van las niñas.
Agnes apretó la manta con rabia.
—Estoy harta de que me llames niña. Tengo veintiún años, Ares. Ya no soy la hermanita de Alicia. Soy una mujer… y sé lo que quiero.
Él arqueó una ceja, sin apartar la mirada.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que quieres?
—Que escuches —dijo con firmeza, a pesar de su voz temblorosa—. No fue fácil venir hasta aquí. Mi sobrino lleva dos años sobreviviendo. Ningún médico se atreve a operarlo ni probar algo nuevo. Siempre dan la misma respuesta. Pero todos saben que tú eres el único capaz de hacerlo. Mi familia ha preferido ignorarlo, pero yo ya no soporto ver cómo se deteriora.
Agnes respiró hondo, conteniendo las lágrimas.
—No tienes idea de la energía que tiene, de cómo sueña con correr, jugar fútbol, ir a la escuela… Ni siquiera puede tener amigos. A veces temo que su corazón se detenga solo de verme, porque me ama tanto como yo a él. Si pudiera darle mi vida, lo haría sin dudar.
Su voz se quebró, pero continuó:
—Antes de que naciera, mi vida era vacía. Desde que llegó, todo cambió. No soportaría perderlo… no sin irme yo también. Por eso vine aquí, aun sabiendo que me rechazarías. No lo hago por egoísmo ni por dinero. Lo hago porque él no tiene la culpa de lo que pasó entre tú y mi hermana.
Ares la observaba en silencio, su mirada oscura y fría, pero dentro de él una grieta comenzaba a abrirse.
—Por favor —susurró ella—, no lo castigues por errores que no fueron suyos. No quiero ofenderte, pero si es necesario, estoy dispuesta a ofrecerte lo que me pidas a cambio de que lo salves. Solo te pido que leas su informe y lo conozcas.
Hizo una pausa y bajó la cabeza.
—Te juro que si después de leerlo me dices que no puedes salvarlo, desapareceré para siempre de tu vida.
Ares permaneció inmóvil. No respondió. Solo la miró con una mezcla de furia, cansancio y algo que no se atrevía a nombrar. Afuera, la lluvia seguía cayendo, como si el cielo también se debatiera entre la rabia y la compasión.