Ares se dedicó a observar a su esposa por un largo rato, hasta que decidió que lo mejor era llevarla a la cama. La cargó con cuidado, la llevó a la habitación y se acomodó a su lado, abrazándola fuertemente. En otras circunstancias no la habría dejado dormir, pero sabía que, en su estado, el descanso era necesario. Tendría tiempo de amarla cuando su hijo llegara al mundo. El amanecer trajo consigo nuevas expectativas. Ares se levantó con la determinación de ponerle punto final a aquella situación que lo atormentaba y comenzaba a convertirlo en alguien que no era. Tras darse una ducha y hablar con los empleados para que cuidaran de su esposa mientras él estuviera fuera, se dirigió al hospital. Al llegar, fue directo a enfrentar el asunto: tomó el expediente del hijo de Alicia y se encaminó

