Ares terminó su ronda poco después y pasó por el escritorio de su asistente. La sorpresa fue enorme al ver que su agenda estaba completamente vacía para el resto del día… y también para el día siguiente. Con una sonrisa que no pudo contener, se dirigió a su oficina para recoger sus cosas. Le ilusionaba llegar temprano a casa, estar con Agnes, con su bebé, respirar un poco de calma. Pero al abrir la puerta, vio a su padre sentado en su lugar. —Hola, papá… —saludó, levantando las cejas—. Qué sorpresa verte por aquí. Pensé que ya te habías jubilado. El hombre soltó una carcajada. —Ya quisieras que este viejo dejara de supervisarte. —Sabes que soy feliz teniéndote aquí —respondió Ares con una sonrisa sincera. —Lo sé, hijo. Solo bromeo. Aunque esta vez no tienes que preocuparte: vine par

