Agnes quedó completamente en shock. No fue capaz de pronunciar una sola palabra hasta que entraron al consultorio de su esposo. En cuanto la puerta se cerró, lo miró a los ojos y rompió en llanto. No sabía exactamente por qué lloraba; solo sentía la necesidad de desahogarse. Estaba feliz, sería madre… y aún no lo podía creer. Ahora tenía un pequeño ser creciendo en su interior, uno que nunca la abandonaría, uno que sería la razón de sus alegrías y sus tristezas. Ese pensamiento la llevó a aferrarse con fuerza al cuerpo de Ares, dejando que él la consolara mientras le susurraba palabras dulces y le reiteraba su apoyo incondicional. Eso era lo que ella necesitaba. Poco a poco logró calmarse y, sin pensarlo mucho, tomó los labios de su esposo. Quería besarlo, sentirlo cerca, recordarse a sí

