Dos meses habían pasado y Ares seguía escondiéndose de Alicia. Había llegado al punto de prohibirle la entrada al hospital, porque su insistencia lo tenía al borde de la locura. Ella se negaba a aceptar que lo ocurrido entre ambos había sido un error. Peor aún, no le importaba insinuársele incluso delante de su propio esposo. Ese descaro lo aterraba, y aunque una parte de él aún deseaba volver a tocarla, entendió que debía alejarse. Por eso entregó los controles del niño a uno de sus colegas; el pequeño ya estaba mejor y no había razón para que él continuara atendiéndolo. Esa decisión desató la rabia de Alicia. Destrozó su habitación, dejando a su esposo confundido y preocupado. Él llevaba tiempo notando cambios en ella, pero no había querido admitirlos. Desde que Ares volvió a aparecer e

