Este hombre nunca estuvo preparado para escuchar algo así. Su rostro lo delataba: esta vez no era la ira lo que se había apoderado de él, sino el dolor y la tristeza. Su expresión era un poema roto, sin versos ni rima. No tenía fuerzas para emitir una sola palabra; tampoco para quebrarse. Apenas alzó la mano, haciéndole una seña silenciosa para que continuara con su relato. —Ese día yo estaba más destrozada que nunca —comenzó Alicia, con la voz temblorosa—. Sabía que me acercaba al final. Mi familia no había podido dar con el paradero de Ares y ahora yo tenía que enfrentar las consecuencias de mis actos… actos en los que no pensé cuando estuve contigo. Hizo una pausa, como si le costara respirar. —Yo sí te quería, te lo juro. Te amaba… pero como a un amigo. Creo que en el camino me conf

