Impresionada. Así era como se encontraba Agnes, porque su relación con Ares siempre había sido como subir a una montaña rusa: impredecible, vertiginosa, al límite. No existía mejor manera de describirlo. Él la empujaba fuera de su zona de confort, la impulsaba a crecer en todos los sentidos posibles. Y de pronto lo entendió: sus palabras, aunque no fueran románticas, eran una certeza. Una declaración silenciosa de que estarían juntos de una manera que él jamás había logrado con ninguna otra mujer. Ni siquiera con Alicia; si aquella relación hubiese sido tan fuerte como lo era la suya, nunca se habrían separado. Ese pensamiento la llevó, una vez más, a reflexionar sobre lo idiota que había sido su hermana… aunque también lo agradecía. De otra forma, ella no estaría ahora a su lado. Aquell

