Ares y Agnes subieron al auto, conversando sobre lo que harían durante el día, como una pareja cualquiera, como si el contrato que los unía no existiera. Él no tenía idea de cuánto disfrutaba ella esos pequeños momentos: esos instantes en los que hablaban sin reservas, donde la cercanía se sentía natural. El camino se les hizo corto entre tanta conversación. A una cuadra del hospital, Ares frenó para dejarla en la entrada. Luego condujo hasta el estacionamiento sin cortar la videollamada, pues tenía esa necesidad inexplicable de saber dónde estaba su esposa a cada minuto. Colgaron solo cuando ambos debieron entrar al hospital. Él se dirigió a hacer sus rondas habituales, aunque su prioridad era revisar a su pequeño sobrino. Como no quería encontrarse con Alicia, envió a una enfermera par

